Mi Colega y Yo (Parte V)
No saben lo feliz que me hace que les haya gustado esta historia. Que les haya gustado la intriga y lo calentón a la vez. Porque tendremos más de eso, especialmente lo caliente. Porque para eso estamos acá. Me gustan las críticas así que sí, trataré de ser menos metafórico. Pero no me pidan tanto, como dije, el relato erótico no es mi fuerte.
Había llegado la fecha de mi cumpleaños y la guerra estaba en otros frentes. El Director convencido que el abogado jefe tenía una relación “ilícita” con Jorge, listo para sorprenderlos a ambos. Así que yo, tonto como siempre, insistía en ayudarlo moviendo una bandera por nuestra relación invisible, nuestra relación sin nombre. Buscó hasta encontrar errores, compras públicas mal gestionadas, leves malos tratos y demora en respuestas. En menos de un mes tenía el puesto de mi jefe vacante y a Bea asumiendo la subrogancia. Desde la Nacional me pidieron que postulara, el Director me insistió que fuera yo el próximo Jefe Jurídico. Yo que no quería aceptarlo, acepté por poder y de enamorado, lo acepto. Pensé que desde el rol de jefatura podría proteger a Jorge y no me equivoqué. Mis amigos, esos colegas a los que yo llamaba amigos, lo odiaban, lo consideraban un sacador de vuelta que se aprovechaba de mi amistad. Si supieran, pensaba yo, que estaba más enfocado en uno de mis últimos cumpleaños antes del cambio de folio que en ascender.
El día de mi cumpleaños, me “sorprendieron” con un desayuno grupal. Evento absurdo e irrelevante, salvo porque una de mis amigas, jefatura, me contó algo que era el comienzo de una nueva seguidilla de eventos: Vamos a mandar a Jorge a una oficina lejos, me dijo, no lo tendrás más acosándote al desayuno o al almuerzo, esos tiempos se acabaron. El Director vino a abrazarme y me dijo al oído que ya estaba decidido en apoyarme como jefe jurídico:
– Con gays, puedo trabajar – me dijo- Con maricones, nunca.
Y se fue creyendo que sus frases eran geniales.
Yo me puse a averiguar: la oficina a la que pensaban llevar a Jorge era una bodega en la que con suerte cabía un escritorio. Se usaba para guardar implementos de seguridad caducados y casilleros de documentos que nadie ocupaba. Eso no era una oficina. Pregunté por Jorge y me dijeron que tenía licencia por siete días después de saber del cambio de su lugar de trabajo. Tratando de ser casual, de no recordarle mi cumpleaños, le mandé un emoji amarillo mandando un beso. No respondió.
– Lo que le están haciendo a Jorge es injusto- le dije al Director- Planificación necesita una oficina, no una bodega.
– Puede ser… pero lo que este Servicio necesita, es gente decente- me dijo- Estamos hablando de un tipo que se divorció, teniendo dos hijos, para meterse con el Jefe jurídico. Puedo sacar a tu jefe, porque tu puedes hacer su trabajo. No puedo sacarlo a él, porque no podemos reemplazarlo. Pero puedo saturarlo.
Jorge me escribió pasadas las 6 de la tarde. Me dijo que si tomaba el tren, me esperaba en la estación. Estás con licencia médica, idiota, le dije yo, deberías estar en tu casa. No me respondió. Así que tomé el tren sin preocuparme de nada más. Cuando llegué a la estación Concepción, empecé a recibir sus mensajes otra vez: ¿te he dicho que te ves lindo con tu bufanda beige? Guardé el celular y metí las manos en mi bolsillo. Al cruzar la calle vi su auto estacionado junto al paso de cebra. Lo reconocí por la patente porque en mi cabeza llena de letras, memorizo los números y no las formas. Encendió las luces y las apagó al instante. Esa era la señal que yo necesitaba. Me subí a su auto.
– Te extrañé mucho hoy- me dijo, saludándome con un beso en la mejilla.
– ¿Y eso? – pregunté – Nos vimos el viernes…
– No sabes lo que significa un día sin ti. ¿Vamos a mi departamento?
– Tengo que ir a ver a mis padres a las ocho.
– Genial, entonces tengo dos horas.
Manejó a toda velocidad por el centro de la ciudad y llegamos a su departamento más rápido de lo que obtienes una orden en el Starbucks Trébol. Subimos en el ascensor sin hablar y, al entrar, sólo me dijo que me pusiera cómodo, que me serviría un trago para poder hablar mejor. Me desaté la bufanda, me deshice de mi abrigo con la molestia de no haber recibido un saludo de cumpleaños de él, la única persona que me importaba. Él pasó por mi lado, indiferente, rozando con su hoodie azul mi brazo derecho.
– Siéntate- insistió- Ponte cómodo…
– Estoy molesto, estoy un poco triste – le dije.
– ¿Un negroni? ¿Un gincito? – me preguntó.
– Lo que quieras…
– Negroni it is…
Yo me quedé sentado en su sillón sin mirarlo, mientras escuchaba ruidos de hielo en su bar. Me dolía la cabeza: ¿De verdad estoy peleando por un weon que ni siquiera sabe que estoy de cumpleaños hoy? ¿Lo quiero proteger sólo porque me lo tiré? ¿Y si de verdad me está usando? Sentí el sonido del cuchillo sobre la superficie de mármol, la coctelera agitándose, los hielos chocando arriba y abajo. ¿Y por qué lo estoy juzgando por un día si ha estado ahí en todos los demás?
– Su negroni, señor- me dijo desde mi lado derecho, ofreciéndome un vaso rojo con un poco de naranja hundiéndose- Creo que es como te gusta…
– Gracias- tomé el vaso sin mirarlo.
Bebí un sorbo sin importarme que él se sentaba en el brazo del sillón con dificultad. Y Jorge me acarició los hombros con sus manos, como haciéndome un masaje que nadie le pidió.
– Fue un día difícil, perdón- dije, cerrando los ojos.
– Perdón, sé que es mi culpa- me dio un beso en la cabeza- Pero puedo tratar de ayudar a que sea un lindo día.
Tomé su mano y le di un beso sin abrir los ojos. Traté de sujetarlo de la manga de su hoodie pero no lo logré. Volví a él y entendí todo lo que no había visto. Jorge estaba sentado a mi lado con una tanga negra, un cuello de camisa blanca y una corbata pajarita negra de camarero, la estrella de David colgando sobre su pecho y nada más.
– ¿No tienes frío? – pregunté, estúpido.
Jorge se levantó, rodeó el vaso con sus dedos y lo puso sobre la mesa, se acercó a mí y me dio un beso en los labios. Cuando nuestras bocas se separaron lo escuché murmurar:
– Feliz cumpleaños, príncipe.
Lo abracé tan fuerte que cayó sobre mí. Traté de contener las lágrimas, porque me sentía idiota de sólo pensar que había creído que a él se le había olvidado saludarme siquiera. Y Jorge, como si pudiera adivinar me dijo:
– Lo primero que hice cuando decidí que me importabas fue sicopatearte: inventé un plan de mejoramiento de gestión que involucraba condensado de datos sensibles de los funcionarios sólo para llegar a tu RUT, después rastreé con eso tu certificado de nacimiento y llegué a tu cumpleaños. Legal todo, pero si quieres… demándame.
Mis manos lo tomaron por la cintura, justo sobre el elástico negro de su tanga y lo acaricié con la dulzura que se me había escapado las veces anteriores. Entre el hombre tímido que trataba de acercarse y el que se acercaba cuando y como quería había una gran diferencia. Y me gustaba. Acaricié su culito con mis manos, masajeándolo y él gimió suave, algo exagerado. Colocó las rodillas junto a mí, apretándome despacio con sus muslos, sus manos sobre mi pecho, tocándome y desvistiéndome de a poco sin dejar de besarme.
– Creí que podía gustarte tenerme así- me dijo- Sólo para complacerte. Como un putito…
– Me gustas mucho.
– ¿Eso significa que si te gusta me vista asi y sea muy complaciente?
– Te ves muy lindo.
– ¿Tú crees? Es que no estoy tan cómodo como quisiera…
Salió de encima de mí y se puso al lado en la misma posición, levantando el culo y moviéndose con ritmo como si ya lo estuviera penetrando. Me acerqué más a sus nalgas y comencé a besarlo. Gimió fuerte, murmurando que tuviera cuidado. ¿Cuidado de qué? Moví el hilo de su tanga y ahí entendí. Tenía el agujerito dilatado, llenito con un juguete transparente del que solo veía la base. Eso me calentó como no tienes idea. Mi verga quería salir, sacarlo y follarlo, pero tampoco quería asustarlo porque se me podía pasar la mano. Saqué el plug con cuidado, haciéndolo gemir nuevamente y le bajé la tanga solo de la parte de atrás. Me quitó el juguete de las manos y solito se lo llevó la boca. Yo hice lo mismo con su agujero, que estaba abierto, caliente y mojado a la vez. Algo trataba de decir, pero sus palabras no se entendían. Mientras me desabrochaba el cinturón y los pantalones, me apoyé en su espalda y en su culo para quitarle el plug de la boca.
– ¿Estás bien? – le pregunté.
– No – me dijo en un suspiro de placer- Tu putito necesita tener su hoyo lleno…
– Me gusta que estés asi de abierto… eres un puto muy rico…- le besé el cuello y llegué hasta su oreja – Si me paso me dices.
– No creo que te pases, quiero siempre ser tu puto asi.
Giró la cabeza y nos besamos. Pero no fue como otras veces. Siempre había algo romántico en nuestros besos, algo de romanticismo que ahora no estaba. Trataba de alcanzarme con su lengua mientras su rajita se movía suave contra mi bulto. Bajé un poco mi bóxer y se lo metí de una sola vez hasta que sentí que ya no podía entrar más. Gimió un poco pero terminó bajando la cabeza hasta hundirla en uno los cojines del sofá. Lo tomé de la cintura y volví para separar sus nalgas, ahí pude entrar hasta el final. Jorge se levantó un poco con los brazos, con mi pene duro ensartado completo, sus cejas arqueadas hacia arriba, gozando con mis embestidas. Me miraba entre asustado y complacido, sin dejar de moverse, disfrutando como el pasivo goloso que estaba aprendiendo a ser.
– ¿Te gusta mi pico, puto? – le pregunté sujetándolo fuerte de la cintura – ¿Te gusta más mi pico o tu juguete?
– Tu pico, amor…
– ¿Por qué te gusta más mi pico?
– Está caliente y me va a preñar.
Siempre me ha gustado escribir… pero hablar y ver lo que quiero ver, uffff. Traté de bajarle la tanga de adelante para jugar con su pene, pero no me dejó.
– Déjame complacerte a ti, solo a ti- me dijo sin dejar de moverse.
Así que, con una mano, tomé las manos de él y las sujeté a su espalda. Con la otra lo sostenía y aprovechaba de tocar su pecho, acariciando sus tetillas duras con mis dedos.
– Noooo, amor, para, que eso me gusta mucho…- gemía.
El tenerlo así ensartado, con las tetitas paraditas, el pico bien atrapado en su tanga y sus movimientos de cadera que pedían que no parara, me hizo darle todavía más duro. Escuchar sus gemidos y sus palabras pidiendo que no se lo sacara me calentaba todavía más.
– Vas a quedar abierto para mí, putito.
– Si, amor… ¿me vas a rajar el culito?
– Va a quedar listo para que te lo meta cuando yo quiera.
– Amor, préñame- me decía Jorge.
No podía parar. Él se movió, girando para tomarse del brazo del sillón, pero lo embestía tan fuerte que se terminó dejando caer sobre los cojines. No quise volver a tratar de tocar su pene y me dediqué solo a entrar y salir de su culo blanco y redondito. En un arranque de inspiración calentona le tapé la boca y eso lo excitó más: empezó a chuparme los dedos como si fueran un pico más. Mis dedos salieron babosos de su boca. Él volvió a murmurar:
– Amor, dame leche…
Eso fue suficiente para mí. Volví a tomarlo de la cintura para darle más fuerte y me dejé caer completamente sobre él: te voy a preñar, Coke, le dije. Y Jorge no paró de moverse, resistiendo mis embestidas, mis besos, mis débiles mordidas en su oreja y los chorros de semen que terminaron llenando su culo. Nos quedamos quietos un momento, sin decir nada, pero al poco rato volvimos a ser los mismos de siempre. Yo lo abracé y él sonreía buscando que volviéramos a besarnos. Cuando mi pene empezó a salirse, me pasó el plug después de chuparlo:
– No quiero que se me salga tu leche todavía- me dijo.
Fue así como terminamos sentados juntos, abrazados. Él con su tanga negra y el plug mojado en su culo y yo en boxers negros. No sé de donde sacó cigarros, si ya casi no fumaba, y tomamos un negroni cada uno. Ahí me dijo muchas cosas que yo sabía, otras que intuía. Que se había metido con tres minas en su vida y sólo le había gustado un hombre, yo. Le había gustado mi barba y después le había gustado mi olor, por eso siempre quería abrazarme. Después de follar conmigo se había puesto a ver más porno gay, a leer, a ver paginas de sexshops… y había tantas cosas que quería hacer pero solo conmigo. Que le calentaba la ropa interior, los juguetes, jugar como lo habíamos hecho, tal vez alguna vez le gustaría ser mas femenino, pero no en exceso, solo para calentarme.
– Eso, si quieres estar conmigo.
– ¿Quieres estar conmigo?
– Estoy en tanga con un juguete metido en el culo para que no se me salga tu leche… ¿Qué mas quieres?
Me reí.
– ¿Novios, entonces?
– Novios… entonces- me dijo.
Nos besamos otra vez. Bebimos lo que nos quedaba de negroni y yo volví con los dos vasos a la barra. Tomé mi celular para ver los mensajes y Jorge me abrazó por la espalda. Sentí su bulto rozando mi culo y luego sus besos bajando desde mi cuello. Me apoyó en el mármol del bar, bajando mis boxers. Su lengua se empezó a meter en mi culo…
Pero yo estaba algo ocupado: había un correo electrónico en mi bandeja. Uno que empezaba así: “Primero que todo, felicitaciones por su cumpleaños. Agradecemos su interés por postular a la jefatura jurídica y hemos decidido acceder a su aplicación. Esperamos la renuncia a su actual puesto por la mañana, el decreto de su nombramiento ya se encuentra en la Dirección Regional. Felicidades! Saludos cordiales, Dirección Nacional”. Nuestras vidas iban a empezar a cambiar.
La lengua de Jorge se deslizó entre mis nalgas, mojando mis testículos desde atrás. Mi celular cayó bloqueado sobre la superficie y mis propios gemidos me impidieron contar las buenas noticias.
1 Comentario
Yo sabía que Jorge nos iba a salir muy califa