Mi Colega y Yo (Parte VIII)

He leído varios comentarios, ambivalentes sobre el contexto. Pero prosigo, porque en ese ir y venir, ocultamos muchas cosas que ahora vas a ver mejor:
Paseamos por todos lados. Le dimos un día al casco histórico de Lima, entre la Catedral, museos y sitios supuestamente históricos. Debo decir que, en mi morbosidad, yo fui feliz recorriendo la Catedral. Siempre me he sentido cómodo entre imágenes religiosas y no soy cristiano. Jorge me miraba con algo de extrañeza el fotografiar imágenes de Cristos sangrantes y ángeles penitentes, reliquias de huesos a la vista y paciencia de todos y atavíos de cardenales ya desaparecidos. Caminar por Lima era como ir por Santiago en los 90…u 80. Bastaba que recorrieras un par de cuadras para que te enfrentaras a la realidad, así que desde nuestro lado más aspiracional, hicimos lo que teníamos que hacer: volver lo más rápido que pudimos a Miraflores. Paseamos por el Parque de los Enamorados, por el Parque Kennedy y fuimos acosados por gatos. Visitamos restaurantes e incluso yo me metí en varias cocinas para aprender uno que otro secreto gastronómico. Pero no estás acá para leer sobre turismo ni para saber cómo mejorar tu receta de ceviche.
Si bien pasábamos casi todo el tiempo juntos, yo trataba de no presionar. Si Jorge quería salir solo, lo hacía. Lo mismo por mi lado. Éramos novios ahora pero no estábamos acostumbrados a la dependencia. Este viaje no sólo era la primera vez en que podíamos ser libres el uno con el otro sino también una oportunidad de libertad personal. Yo adquirí muy pronto el hábito de viejo de mierda de tomar café mirando al mar. Coke se unía siempre, tomábamos eso como una cita imperdible. Uno de esos días me preguntó que cosas me gustaban sexualmente hablando, si estaba bien, si quería experimentar algo nuevo. No era el momento para remover mi pasado asi que dije que estaba bien, que estaba feliz, que haría muchas cosas con él; fui político. Me preguntó por límites y creo que fui muy claro: tu y yo siempre, no me gustan las relaciones de formas poligonales, no incluir animales, agresiones ni comportamientos higiénicamente cuestionables. Se rio. Siempre me regalaba cosas: chocolates, galletas, botellas de té helado, libros. Un día apareció con una cadenita con una llave colgando, encontré que era un lindo detalle pero no le di más vueltas y la até a mí muñeca. Andaba especialmente coqueto ese miércoles. Tomaba mi mano y la acariciaba sobre la mesa mientras bebíamos un pisco sour en un restaurante que se llamaba algo de Azul, no me acuerdo. El plan era salir a bailar a un sitio tranquilo, no a la disco, esquivar pañuelos árabes e identidades falsas, borrar casinos del mapa. Fuimos al departamento a cambiarnos de ropa. Ahí entendería más.
– Que eres lindo – le dije mientras lo miraba en tanga negra, cambiándose de ropa – De verdad eres bonito.
– No tengo nada de lindo – bajó la cabeza, avergonzado. Después confesaría que nunca le habían dicho que era lindo, guapo u otra similar.
Vino hasta mí haciendo chistes de su propio cuerpo, mostrándome el rollito de la cintura, que tenía panza, que todavía tenia tetas y que ahora más encima le estaban creciendo vellos otra vez. Así que yo lo atraje hacia mí tomándolo del elástico de su tanga y lo hice sentarse sobre mis piernas para poder acariciar sus glúteos. Puso sus rodillas sobre la cama y se dejó besar en los labios. Tomaba mi rostro y trataba que yo no hablara:
– Yo te encuentro bonito – le decía.
– Entonces si me amas, porque tus ojos no ven bien.
Apoyó su culo sobre mi entrepierna, donde mi bulto presionaba para salir bajo mis pantalones de lino. Mis manos subieron desde su cintura hasta su pecho, apretándolo con la fuerza necesaria para hacerlo gemir despacio. Apretó sus ojos, los que quedaron como líneas, tal como cuando la felicidad o el placer le impedían pronunciar palabras. Mi mano derecha lo engañó bajando hasta su ombligo, acariciándolo como tanto le gustaba y, entonces, cuando él pensaba que lo iba a tomar de la cintura y a ensartarlo en mi pico, bajé hasta su entrepierna, tocándolo suavemente. Pero bajo su tanga no encontré su verga dura, sino algo más sólido de lo que esperaba.
– ¿Qué es esto? – le pregunté.
Jorge se quitó de encima de mí y se dejó caer a mi lado, tapándose la cara, avergonzado. Me acurruqué con él, le di un beso en la frente y seguí manoseándolo, pero él me sujetaba. Puse mi mano en su cadera, acariciándolo. Traté de bajar su tanga y él se resistía. Tomé sus manos y bajé su ropa interior. Jorge se tapó la cara, su rostro pálido se enrojeció. Le quité la tanga y lo vi así, desnudo y tapándose los ojos para no mirarme, su verga oculta y encerrada en una jaula de plástico transparente y babosa que yo había visto en alguna porno hacía ya varios años.
– ¿Qué es esto? – insistí, sabiendo de qué se trataba.
– Perdón – me dijo – Perdóname, no pensé si te gustaba o no…
Quiso huir, pero yo lo sujeté de la mano, haciéndolo volver sobre mí. Cayó sobre mi cuerpo y yo aproveché para bajar mis pantalones y besarlo a la vez. Lo sujeté de la cintura, apretándolo un poco y metí mi lengua en su boca.
– ¿No te das cuenta que me gustas tú? – le dije.
– Sólo me tratas de hacer sentir bien…
– ¿Sí? – pregunté – ¿Sólo te trato de hacer sentir bien?
Lo tomé por la cintura y lo recosté sobre su espalda. Levanté sus piernas, tomándolo de sus tobillos para que su agujerito quedara libre para mí. Y mientras Jorge gemía yo acariciaba su ano con la cabeza de mi pene.
– ¿Qué dijiste? – continué, presionando contra su agujerito – ¿Sólo trato de hacerte sentir bien?
– Me quieres hacer sentir que soy bonito…
Mis manos subieron rápidamente por su pecho hasta llegar a sujetarle del mentón:
– No te quiero hacer sentir bonito, quiero que entiendas que eres bonito. Eres mi bonito…
– Eres muy tonto.
– Y tú muy ciego.
No había otra forma de hacerlo entrar en razón, así que presioné un poco más, empujé hasta que entré despacio en su culo. Jorge gimió otra vez y sus brazos me rodearon. Sus pies se ataron a mi cintura. Me dejé caer sobre él, besándole el pecho blanco, pasando por su Estrella de David y lamiendo sus tetillas duritas, rosadas. Bajo mi cuerpo sentía su jaula mojada. Cuando sus gemidos se volvían más fuertes yo volvía a subir hasta su boca, callándolo con mis labios y mi lengua. Sus ojitos, como dos líneas, permanecían entrecerrados. Traté de palpar su pene, pero no podía tocarlo bajo esa protección de plástico. Él me notó incómodo, me abrazó más fuerte y volvió a disculparse:
– Mira, Coke – le dije sujetándolo del mentón, obligándolo a mirarme- Si te vuelves a disculpar por hacer cosas que te gustan, te juro que me compro yo mismo una, me la pongo, tiro la llave en un wáter del mall Lancomar y no te vuelvo a follar en la vida…
Otra vez lo hice reír con mis estupideces. Sus manos llegaron hasta mi cara y nos llevaron a quedar frente a frente. Mi nariz a punto de chocar con la de él, nuestros labios sin tocarse: te amo, tonto, me dijo. Saqué sus dedos de mí, cayendo por completo encima de su cuerpo. Con ello se lo metí por completo. Lo sujeté de sus muñecas, colocando sus manos sobre su cabeza y aproveché de besarlo con desesperación.
– Eres mi bonito- le dije otra vez, mordiendo suavemente su labio inferior.
– Que no soy… – no alcanzó a terminar hablar.
Apreté más fuerte sus muñecas y sonrió.
– ¿Qué eres? – le pregunté, retrocediendo, sacando mi verga varios centímetros.
– Lo que tú quieras que sea.
– Tamam, entonces eres mi bonito.
Volvió a sonreír y yo aflojé la fuerza sobre sus manos. Avancé otra vez con un pequeño movimiento y empujé hasta sentir mis bolas golpear contra él. Yo estaba listo para tratar de salir y volver a entrar, pero él me abrazó fuerte, me apretó con sus piernas.
– No puedo más…
¿No puedo más? Pero si yo estaba empezando recién a hallarle el gusto de someterlo así. Su agujerito apretó mi pene también y me presionó para besarme en los labios. Lo sentí retorcerse un poco, luego unos cuantos chorritos calientes entre mi vientre y la pancita que existía solo en su imaginación. Después de unos segundos, respiraba agitado, ahogando sus disculpas con mi saliva y varios besos de ternura. Me dediqué a besar su cuello hasta que ya el líquido pegajoso entre nosotros empezaba a desbordarse y ahí, entre gemidos de cansancio, llené su culito otra vez.
Cuando nos separamos, Jorge se puso de pie rápidamente, avergonzado porque de su cajita de castidad caía un grueso hilo de semen y su culo abierto chorreaba un poco más de mi propia leche. Yo ya lo veía pidiendo perdón una vez más, pero en vez de eso, sólo sonrió. Eres mío y sí, yo soy tuyo.
– Me gusta sentir que tu eres mi hombre y yo soy lo que tu quieras que sea.
Los últimos días en Miraflores para mí, Lima para él, los pasamos jugueteando como los novios que éramos. Debo confesar que yo disfrutaba que Jorge prefiriera ser pasivo aunque yo prefiriera un acuerdo algo más igualitario. Me sujetaba a eso para vernos parecidos, aunque no lo fuéramos. Él era algo más bajo que yo, un poco más ancho de hombros y algo más pesado. Su rostro afeitado, sus ojos tristes y su piel blanca contrastaba a la perfección con mi barba, mi mirada amenazante y mi color cambiante que me permite broncearme con pocas horas de sol si bebo un poco de jugo de zanahoria. Un día, antes de dormir, mientras él seguía con su juego de la cajita de castidad, se me ocurrió decir que me parecía un excelente invento para mantener viva la pasión entre una pareja de gays. Tal vez no debí decir nada. Yo no quiero un esclavo sumiso, no quiero ser un amo dominante, quiero a un igual a mi lado. Mala idea decirlo después de tres pisco sours.
Desperté con Jorge desnudo, acurrucado a mi lado, su cabeza sobre mi pecho. Me destapé, corriendo las sábanas, buscando que la mañana peruana tuviera algo de frío para mí. Mi mano derecha acarició mi ombligo y seguí bajando por ese caminito de vellos delgados. Y fue así como me encontré, tal como él, con mi pene encerrado en una jaula que no se sentía. La verdad, Coke tenía razón: no es incómoda. La palpé, tratando de deshacerme de ella sin éxito. Suspiré resignado sabiendo que había dicho demasiado la noche anterior. No importa, pensé, estoy con él, Jorge está conmigo. Y sí, yo tenía razón.
– Buenos días, amor- me dijo, dándome un beso en la frente.
Lo miré, asintiendo con la cabeza, examinando su rostro desde el primer cabello hasta el mentón. Esto es un nuevo juego para él y debo jugarlo bien. Lo atraje hacia mí, lo besé en los labios. Pensé que querías jugar así también, murmuró acariciándome la entrepierna por sobre la jaulita plástica que cubría mi pene, aferrándose a mis testículos por un anillo que yo nos sabía como había llegado ahí. Se subió despacio sobre mí, sobando su pecho contra el mío. No se sentía bien, pero se sentía bien. ¿Se entiende? Sus manos sobre las mías, su cuerpo restregándose sobre mí. Su verga encerrada sobre la mía en la misma situación. Se deja caer con su peso sobre mí entrepierna, toma mis muslos y los separa dejándolos listos para rodear sus caderas. Jorge me sonríe y vuelve sobre mí para besarme. Si pudieras verlo desde afuera de los dos, tendrías a dos tarados con sus culos listos para ser penetrados. Pero no, sólo él y sólo yo. Abre sus piernas también cargándolas sobre las mías y al poco rato acaba sobre mí. Lo recibo, abrazándolo, tocando su cuerpo que se rinde encima y me pasa lo mismo. Su semen cae sobre mí juntándose con mi leche. Veo una cadena adicional junto a su Estrella de David: una llave. ¿Es esto lo que somos? Soy tuyo, tú eres mío…
El lunes que volvimos a trabajar, yo tomé el puesto que tenía que tomar: la mano derecha de nuestro Director. E hice lo que tenía que hacer. Lo obligué a estudiar lo que nunca antes había visto, lo hice entender a grandes rasgos normativa que no conocía, dejándolo preparado para lo que venía. Entre medio, usé su odio contra Jorge para algo más: mi propio beneficio. En meses, mi Director se convertiría en el Director Nacional y habría ya nombrado a un subrogante en la Región del Biobío. Cuando eso pasó, Jorge me dejó de hablar por varios días, negándose a cualquier contacto profesional o extra conmigo. Después comprendió la decisión, mi decisión.
– Entre todos los funcionarios que podrían haber sido Director Regional- me dijo- Tú, inclusive. Yo, sin ir más lejos…
– Ahora eres jefe de planificación – respondí – Yo soy el jefe jurídico, soy al que más escuchan, pero no tengo tanta voz… todavía.
– Cualquiera, podría haber sido cualquiera…
– Si te nombraban a ti, te habrían botado en un mes. Si me nombraban a mí, una semana.
– No sé si eres retorcido, romántico o abiertamente estúpido.
– Oh Jorge, soy sólo una de esas.
Y él pensó que era romántico.
Cuando el Director de Biobío asumió como Director Nacional, con todos los directores regionales apoyándolo expresamente, él nombró a un subrogante en esta región. El elegido o debo decir, la elegida, fue Beatriz, la ex de Jorge. Con este movimiento, el ahora Director Nacional, engañado por mis consejos, pensó que tenía a Coke en una bandeja. Pero ella sabía que no podía hacer nada contra él: cualquier movimiento sería despecho, cualquier seña en su contra sería una venganza por una relación que no resultó. Tampoco podía ir en mi contra: yo tomé el puesto que ella quería y ahora tenía algo más. Esta es la forma en que juegas, amigo, esto es un gran ajedrez. Y, por si te quedaba alguna duda, este es mí ajedrez.
La primera reunión de coordinación fue presidida por Beatriz. A su lado derecho estaba yo, como soporte jurídico. Al lado izquierdo, Jorge en planificación. Esto es un cuento erótico, pero es un cuento de poder. Y el poder está con nosotros. Al menos por tres capítulos más. Hasta entonces, sabes que te ha gustado… xoxo.-
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