Mi Colega y Yo (Parte XI) (FINAL)
- 1Mi Colega y Yo
- 2Mi Colega y Yo (PARTE II)
- 3Mi Colega y Yo (PARTE III)
- 4Mi Colega y Yo (PARTE IV)
- 5Mi Colega y Yo (Parte V)
- 6Mi Colega y Yo (Parte VI)
- 7Mi Colega y Yo (Parte VII)
- 8Mi Colega y Yo (Parte VIII)
- 9Mi Colega y Yo (Parte IX) (SAUNA PART)
- 10Mi Colega y Yo (Parte X)
- 11Mi Colega y Yo (Parte XI) (FINAL) (este capítulo)

Y llegamos al final. ¿Saben por qué es el capitulo once? Pa que lo chupen entonces. Ok. Me retiro.
Nah, vamos.
Tan retorcido fui, que me convertí en la sombra de Jorge. Mi desconfianza natural me carcomía por dentro. No quería que supiera que había encontrado su cuenta de Insta, mucho menos iba a tomar la solución decente de seguirlo como haría una persona normal. No, yo no soy así, ya te lo dije. Podría haber hecho una cuenta falsa, “minos en primeras capas under armour” o “jóvenes que aman la ropa interior negra de cuero” y mandarle una solicitud de amistad, enterarme de todo, pero eso tomaría mucho más tiempo. Era simple y demoroso, necesitaba algo más sencillo e inmediato. Empecé a observarlo, revisando con cuidado como desbloqueaba su celular: huella digital. Llegué a plantearme el hacer una falsa, lo he hecho antes. Si, de mi relación anterior aprendí muchas cosas y no todas buenas. Preguntar también estaba afuera de la ecuación, por aburrida.
Para fines de Junio, cuando mi mejor amiga-no amiga estaba de cumpleaños, organizó una fiesta de disfraces con temática: vestirte como alguien que jamás sería invitado. Yo, fiel a la humorada, me disfracé del antiguo director. Cuando ella me vio, me reconoció al instante:
– Eres el ex director- rió- Por poco pensé que vendrías disfrazado de Jorge.
Tragué saliva y no pude continuar con la broma. Bajé la cabeza, buscando un trago de gin. Y mientras llenaban mi copón agua tónica, sólo pensaba en él. Saqué mi celular, escribí algo que no había puesto en palabras así antes: te amo. En menos de cinco minutos tenía la respuesta que necesitaba para volar: yo también te amo, te espero cuando vuelvas, sólo avísame. Eso hice. Me quedé hasta el tradicional soplar velas e inventé una excusa: tengo que acompañar a mi madre al médico mañana temprano, tengo que irme. Así que le escribí que iba a verlo. Un escueto “OK” fue suficiente para mí. El conserje me dejó pasar porque ya a estas alturas me conocía como a uno más y subí en el ascensor, sacando la camisa a cuadros de mi pantalón, desordenándome el pelo. Eché un poco de mi aliento en mis manos para asegurarme de no oler a gin… ¿Tiene olor el gin? Todo tiene olor, me habría dicho Jorge. Caminé hasta su puerta para encontrarla junta. Entré sin preguntar nada, saludando, esperando encontrarlo en el bar o en sillón con otra copa para mí.
– ¿Coke? – pregunté, sin respuesta.
Iba a servirme otra copa en su bar pero algo llamó mi atención: en el pasillo había velas consumiéndose. La hilera apuntaba directamente a la puerta de su dormitorio. La habitación de Simón estaba cerrada, lo que me hizo entender de inmediato que no estaba. Caminé con las pequeñas flamas a mis costados y entré al dormitorio. Ropa tirada en el piso, el cobertor desordenado y, sobre la cama, Jorge sentado desnudo, las piernas abiertas, los brazos sobre la cabeza como si alguien lo hubiera amarrado, una mordaza de bola en su boca. Mi sorpresa cambió a los años de fanatismo del true crime: miré hacia la puerta del baño, que estaba cerrada, pensé en posibles evidencias de un homicida en serie sin encontrarla. Esto eres tú, sólo tú, pensé. Inclino la cabeza levemente y veo sus ojos: es él, es sólo él. Me quito la chaqueta de una vez y me desabrocho la camisa rápidamente. Me dejo caer en la cama y tomo uno de sus pies, besándolo. Acaricio sus dedos pequeños, porque la verdad es que amo como el meñique de su pie se esconde naturalmente bajo los demás, queriendo desaparecer. Besé uno y el otro y luego subí por sus piernas con mi lengua, haciéndolo quejarse suavemente, tirando las ataduras ficticias que él mismo había puesto sobre la cama. Sabía lo que quería, así que me salté su verga ya dura y lo abracé, dejando que sus piernas rodearan mi cintura como tantas veces antes. Me enfoqué en su pecho, en lo que no le gusta, porque si, encuentro lindo su pecho imperfecto, sus tetitas como dice él burlándose de sí mismo, chupé sus tetillas conteniendo un poco mis deseos de morderlo suavemente. Jorge empezó a moverse algo incómodo y yo decidí interrumpirlo, quitándole la mordaza que había obtenido quizás donde. Un abundante hilo de saliva cayó por su cuello y yo lo lamí hasta llegar a su boca. Nuestros labios volvieron a juntarse en un beso mojado.
– Bonito… – le dije, desordenándole el cabello negro.
– Que no soy bonito.
– Si no te gusta que te diga bonito – tomé su cara con mis manos – Cuando te lo diga piensa que te digo, no sé… “monito”. Uuuuuuaaaaah…
– Idiota.
Me besó desesperado, y me vio desabrochando mi cinturón. Yo traté de estirar mi mano hacia el velador para ir por lubricante y algún preservativo, pero él me detuvo:
– Amor, yo siempre estoy listo para ti…
Yo no podía aguantar más. Me saqué el pantalón y los bóxers de una pierna y volví para tomarlo de la cintura. Murmuró en mi oído que no lo rozara tanto o iba a acabar muy pronto, pero yo no hice caso. Bajé hasta sus bolas y lo sujeté de los muslos. Las chupé, una, luego la otra, tratando en vano de hacerle caso, pero era imposible. Seguí descendiendo hasta su agujerito abierto, cremosito. Sí, me estaba esperando. Lo acaricié con mi índice y sin ningún esfuerzo pude entrar despacio. Gimió al principio pero se dejó llevar. Apretaba los deditos de los pies mientras yo metía su verga en mi boca.
– Para… amor por favor – me decía.
– No quieres que pare.
– Pero te gusta que lo diga.
Volví a subir y lo besé. Traje todas las almohadas y las puse bajo su espalda. Tiré sin mucho esfuerzo las bandas negras que supuestamente lo ataban y cayeron a mi lado. Sus manos se aferraron a mi espalda cuando la cabeza de mi pene empezó a presionar en su agujerito mojado. Creo que fue el gemido más rico que he escuchado hasta ahora, un quejido suave, ahogado y a la vez tan fuerte. Sus dedos apretaron mi piel y yo entre en su culito despacio. Se sujetó de mí con piernas y brazos, pero volviendo a la cama para que viera su expresión de placer. Siempre había algo dulce en él en estos momentos: si bien los disfrutaba, parecía estar a punto de llorar. Empujé más, metiéndolo por completo. Lo tomé de sus manos, colocándolas sobre su cabeza. Aproveché para lamer sus axilas y volver a su pecho. Fue así como terminé cargando mi cuerpo sobre él, justo lo que él no quería.
– Te dije que no… – dijo cerrando los ojos.
Luego más gemidos y chorritos de su semen saliendo entre los dos. Se cubre la cara, avergonzado, y yo empiezo a retirarme de a poco. Lo saco despacio y me acurruco sobre él.
– Me vas a dejar – me dice- Vas a encontrar a un weon que te quiera, que aguante mas que yo, un weon mino…
– Yo quiero a mi bonito, Coke.
– ¡Que no soy bonito!
– Dije monito.
Se empieza a reír con unas cuantas lágrimas en los ojos. Me quito la ropa completamente y lo abrazo, él dándome la espalda. Trato de taparnos para dormir pero él no me deja. Lo tomo con una mano por la cintura y con la otra del pecho, aferrándolo a mi cuerpo. Mi idea es dormir y no colabora. En vez de eso busca con su mano mi verga dura y empieza a llevarla a su culito, punteándose torpemente.
– Oye, bonito – le digo al oído- Duerme…
– No quiero.
Su mano sujeta mi pene y lo ensarta justo en su culito mojado. Entra fácilmente otra vez.
– Así no voy a poder dormir, bonito – le digo yo – Y tu tampoco.
– No importa.
Mueve su culo hacia mí y entro otra vez. Lo sujeto de la cintura para detenerlo pero Jorge continúa en un vaivén lento, acercándose y alejándose de mí, haciendo que entre y salga al ritmo que él quiere. Mi mano aprieta su pecho y la otra busca su pene para acariciarlo y no logro encontrarlo. Ha juntado las piernas, apretando sus muslos, escondiendo entre ellos su verguita mojada de semen. Alcanzo a acariciar su entrepierna, sus pelitos cortitos, su ombligo.
– No te preocupes por mí, amor – dice Coke – Úsame…
– Déjame acariciarlo al menos, bonito…
– No tengo nada. Sólo mi culito y quiero que lo dejes preñadito.
– Que eres tonto…
– Pero te gusta que sea tu puto tonto…
Jorge se sigue moviendo hacia mí, despacio primero, más fuerte después. Mis dedos no se rinden tratando de encontrar su pija, sin éxito. Y él no para en su intención de hacerme acabar. Así que le sigo el juego. Se mueve más fuerte, yo resistiendo, él apretando sus muslos para que no encuentre su pene. Lo distraigo un poco con mis caricias en su pecho y, cuando sé que no lo espera, lo levanto por la cintura y lo pongo sobre mí, obligándolo a abrir las piernas y quedar sentado con todo adentro. Gime fuerte, tratando de sujetarse y yo lo sujeto, me sujeto de su barriguita. Trato de sacarlo pero vuelvo de inmediato más fuerte, corriéndome en su culo tal como quería. Jorge siente mis gemidos bajo él y se toma de la cama. Respira agitado, trata de recuperar el control. Yo, sin recuperarme del todo, sin sacarlo de encima de mí, trato de incorporarme. Sus nalgas sobre mí, atravesadas todavía por mi verga.
– Soy un puto imbécil – murmura, tratando de separarse.
– ¿Qué?
Y lo veo moverse otra vez sobre mi pija. No lo hace más de tres veces cuando empieza gemir de nuevo. Sus quejidos son gritos ahogados cuando lo siento apretar su hoyito, aprisionando mi verga. Lo abrazo así, sintiendo su pecho mojado por más gotas calientes de su propio semen. Él quiere separarse, pero no lo dejo.
– Déjate de sentir vergüenza, bonito – insisto – Eres mío. Todo está bien.
– Es que me gusta… y no siento que esté bien.
– Pero está bien… estamos bien.
Se rinde, dejándose caer sobre mí y yo vuelvo a colocarme tras él, sin sacarlo. Nos acurrucamos así, como una pareja que lleva haciendo años lo mismo de diferentes formas. Alguien dijo por ahí que esto era una historia de amor, y creo que lo es.
– Me gusta dormir contigo así – dice tomando mi otra mano y guardándola en su pecho – Eres mi Joko.
– Te voy a decir bonito hasta que te lo creas.
– ¿Qué?
– Nada…
Y se quedó dormido.
Cuando Jorge dormía a mi lado, desbloqueé su teléfono. No era un cinco al revés, como pensaba: era una “S” de “Simón”. Ignoré todo y abrí Instagram. No me interesan las interacciones y notificaciones que no ha leído, voy directo a abrir su perfil. Veo las publicaciones bajo su nombre Joriel y entiendo, por fin, que nada ha sido casualidad. La primera imagen es de su hijo, muchos años antes y el texto dice: “eres lo más especial de mi vida y hoy conociste a una persona especial. Y yo no podía callarme. Los dos tenían que saber lo especiales que eran… para mí”. No hay reacciones, salvo la mía recordando cuando conocí a Simón, muchos años atrás, y que las palabras de Jorge habían sido:
– Joaquín, este es mi hijo Simón. Es lo más importante para mí, es lo único especial en mi vida.
Trago saliva y sigo revisando las imágenes. Son fotos sin sentido alguno, hasta que lees el texto que las acompaña. La fotografía de una prensa francesa rellena hasta la mitad de café: “es primera vez que me invitas a algo, como si no supieras que invitar a alguien es también invitarlo a entrar en tu vida”. Un ticket de estacionamiento del mall del centro: “nunca me había hecho tan feliz el ser el último weon en irse del gim”. Una rodaja de cáscara de naranja: “al más dulce le gusta lo amargo”. La foto de una mano tomando la manilla de una puerta, la puerta del baño de la oficina: “no me gusta ocultarme, salvo sea contigo”. El retrato de una mano sobre una almohada, mi mano y su almohada: “no me gusta la salida, me gusta el regreso”. Un celular muerto: “quiero que recibas tu noticia, quiero que tu noticia borre mi existencia”. Una palabra, “CLEVER” en blanco que yo sabía eran sus jocks, tal vez los míos: “you are… I am”. La foto de su maleta tomada desde arriba: “perdido siempre, pero encontrado”. Una llave atada de una cadena junto a la Estrella de David: “Dos mundos, tú y yo. Dos cosas: tú y yo”. Y la última imagen muestra una caja de madera, sujeta por una mano y el texto sólo dice: “Be mine”. Nada fue coincidencia, nada se le ha ido de la memoria de este mono, pienso, girando hacia él con su celular en la mano. Y entonces lo veo sobre la cama, desnudo, con los ojos abiertos, sonriéndome:
– Tardaste mucho… – me dice.
– Eres un sicópata…- murmuro, devolviéndole su celular.
– Hace falta serlo para conocerlo.
– Tú planeaste desde el principio conocerme… – digo – Y fuiste registrando cada cosa, esto es… enfermo.
– ¿Y…?
Le acaricio la cabeza y me dejo caer de rodillas ante él. Con mis manos tomo su cara y lo beso en los labios:
– Lo hiciste perfecto, mis felicitaciones.
Jorge sonríe y estira su mano hasta su velador. Abre el pequeño cajón, sacando una caja de madera, la misma que he visto en su cuenta de Joriel, saca un anillo negro con una serpiente que otorga al diseño algo muy especial:
– Entonces… – me dice – Be mine…
Sonrío y me pongo de pie. Acaricio su rostro sin barba, mirándolo con una mezcla de compasión y cariño. Me ve negar con la cabeza y alejarme en boxers morados, mi verdadero color favorito, abriendo el ventanal para salir al balcón. El aire frío nos golpea justo después de un día de lluvia.
– No- le digo, volviendo a acariciar su rostro suave con mis dedos- No me puedes pedir que sea tuyo.
– ¿Por qué no? – pregunta, despistado- He hecho todo bien. He estado contigo, te amo, de verdad quiero estar sólo contigo…
Veo su expresión de decepción, de frustración. No sé, no sé bien porque, pero lo abofeteo suavemente. Su rostro gira y vuelve a mirarme.
– No me puedes pedir que sea tuyo…- digo – Porque ya soy tuyo.
Sus ojitos se llenan de lágrimas y los cierra como líneas, tal como hace cuando está feliz. Yo vuelvo a él y lo abrazo.
– Estás enfermo, Joko – murmura antes de besarme – Soy la peor opción.
– Si yo estoy mal… tú estás mucho peor. ¿Seguimos?
– Seguimos.
El viento se cuela otra vez por la ventana. Nos ponemos de pie y la cerramos juntos, con sus dedos entrelazados con los míos. Esta era una historia caliente, pero es una historia de amor. Gracias a Jorge, por leer esta última parte.
Y así llegamos al final. No es un final. Es un: volveré. Y él volverá, o yo, o los dos. Pero sigue. Sólo darme un tiempo. Porque, en la realidad, hay algo que tengo que tomar antes de ser feliz de verdad. Tú lo sabes, porque él escogió imágenes para decírmelo y yo elijo estas letras. Su cabeza funciona así, la mía funciona con caracteres. Con palabras. Sé que te hará feliz verte acá, tal como a mí me hizo feliz verme en tus fotografías irracionales.
1 persona guardó este relato
4 Comentarios
Creo que los dos son super parecidos. Me alegra que se hayan encontrado
Muchas gracias por leer!
Muchas gracias por compartir tu historia con nosotros ;3
Noooo!!! Gracias a ti por este espacio!