Mi Colega y Yo (Parte VII)

Y cuando alguien me preguntó si esto era real, decidí compartir el viaje a Lima:
Cuando salí de vacaciones, una semana después de Jorge, ya estaba enterado de todo: verás, la mejor manera de moverse en un servicio público es sabiendo los movimientos de los demás. Si quieres paz, prepárate para la guerra. Yo ya sabía del comentario del Director y también sabía que haría lo posible por deshacerse de nosotros, al menos de uno. Así que me puse manos a la obra. Sabía de la vacancia del puesto de Director Nacional y empecé a hacer llamadas. Ustedes saben: nunca dejen huella escrita en correos o en whatsapp. Cuando me fui el viernes ya había convencido a mi Director que debía postular a la Nacional. Eres el único capaz de hacerlo mentí, cuando yo vuelva, te ayudaré en todo. Y sé que me creyó. Pero la verdad es que mi vista estaba puesta en renovar mi licencia de conducir, mis tarjetas y uno que otro trámite bancario. Mi verdadero objetivo era tomar un vuelo a Lima y pasar una linda semana con Jorge.
Daré un párrafo para contarles que Bea le escribió a Jorge antes del despegue de Santiago, que Simón había enfermado, que ella no podía cuidarlo, que tenía que volver. Él estuvo a punto de devolverse a Concepción pero Simón le escribió: “papá, estoy con la abuela, solo tengo dolor de watita, nada anormal”.
Así que después de unas horas llegamos a Lima y unos cuarenta minutos después ya estábamos instalados en el Airbnb en Miraflores. Jorge corría por el departamento como un niño. Se instaló en el jacuzzi mientras yo ordenaba mis cosas.
– Amor, ven – me dijo desde el baño.
Cuando miré, estaba sujeto al borde de la bañera, con el cabello mojado, su cadenita de Estrella de David colgando del cuello y el culo tan levantado que me excitó al instante. Me mordí la lengua y me empecé a desvestir por el camino. Al llegar, me senté al borde del jacuzzi y el se levantó un poco para recibirme con un beso en los labios. Y mientras nuestras lenguas jugaban en su boca, mi mano bajó por su espalda despacio por sobre sus vértebras. Al llegar al final, mis dedos acariciaron su ano sin buscar entrar, sólo jugando. El gime y se acerca más, tratando de desabrochar mis pantalones.
– Báñate conmigo – insiste.
Me quité los pantalones y los bóxers, pero no pude entrar. De inmediato su boca rodeó mi verga y empezó a mamarla desesperado. Sus manos acariciaban mis pelitos, mi vientre y llegaban hasta mi ombligo, solo para volver a empezar. Gemía y sentía como si tragara y más me calentaba. Estuvo a punto de hacerme acabar, pero le tomé despacio de la cabeza y lo alejé. Siento que lo vio como una ofensa y volvió al agua, dejándome un espacio para recostarme a su lado. Me acomodé junto a Jorge, abrazándolo y él puso su cabeza encima de mi pecho. Lo miré con el pelito mojado, sus ojitos como líneas como cada vez que estaba feliz. No, objetivamente no era guapo, de mino nada. Paliducho, algo más delgado después de tantos meses de gim, el pelito de su cuerpo volvía a crecer de a poco. Su culito se pegaba al borde de la bañera. Yo ya casi no estaba cansado, entre el agua y él me sentía bien. Busqué su pene bajo las burbujas y no lo encontré, lo había escondido entre sus muslos. Alcancé a acariciar sus vellos cortitos. Se rio en mi cara, entre tierno y caliente.
– Déjame chupártelo – le digo.
– Yo quería leche y no quieres – me responde – Así que mientras no me des no te lo daré.
– Pero Cokito… tengo ganas de salir.
– Salgamos entonces.
Salió de la bañera goteando y lo vi secándose junto a la cama. No, no estaba molesto, sólo estaba siendo travieso. Cuando salí, siguiéndolo, vi que se estaba poniendo una tanga negra bien metida en su rajita. No pude más y fui a abrazarlo por la espalda. Mi pija se puso dura entre sus nalgas, justo en la tirita de su ropa interior. No me rechazó, tomó mis manos sobre su barriguita y se dejó besar. Movía su culo despacio, como jugando con mi verga que presionaba queriendo desnudarlo y penetrarlo ahí mismo. Pero él no quería. Se separó y siguió vistiéndose. Se colocó jeans y una polera algo ajustada y se sentó a mirarme como me secaba. Yo estaba por ponerme algo cuando me detuvo:
– Perú no es de bóxers – me entregó una tanga negra igual que la que él llevaba- Te tienes que vestir como yo.
– ¿Me estai weiando, Coke?
No, hablaba muy en serio. Entendí que andar vestidos iguales era parte de sus morbos descubiertos y yo no iba a interponerme en ellos, más si me gustaban. Así que salimos a recorrer la noche de Miraflores con celular en mano. Fuimos a un bar junto a Larco, a un costado de nuestro departamento, que servía tragos que parecían pócimas de druidas irlandeses. Y después, por primera vez, ajenos a cualquier conocido a miles de kilómetros a la redonda, nos dejamos caer en una disco gay. “ValeTodo DownTown” se llamaba. Pasamos por la alfombra roja y al poco rato los dos estábamos en la barra. Jorge se pidió un tropical gin y se movió hacia la pista despacio y torpe. Yo esperaba mi mojito jagger cuando alguien se sentó a mi lado:
– ¿No eres de acá? – me preguntó.
Me carga cuando la gente desconocida me habla. No me gusta. Vi mi reflejo en el espejo: mi barba negra, mis cejas pobladas y gruesas, mi pañuelo árabe al cuello y se me ocurrió una idea:
– As salamu Alaykum – saludé.
De ahí y con un inglés que daría vergüenza a mi madre, con mi árabe de Duolingo simulé ser originario de Beirut. El sujeto se alejó y yo pude bailar tranquilamente con Jorge, pegándome a él, tomándolo por la cintura, besándonos de vez en cuando, acariciar su mejilla, tomar sus manos como no nos atrevíamos a hacerlo en Concepción. Fui al baño mientras él pedía dos tragos más. Al volver, lo encontré hablando con el tipo del que yo supuestamente me había desecho con una mentira.
– ¿Dónde conociste a tu amigo libanés? – le preguntaban.
Avancé rápido entre ellos, viéndome en la necesidad de continuar con la mentira.
– Me llamo Jorge y él es…
– Mohamad Rashid Al-Amin – dije de inmediato – tasharafna.
Jorge arqueó la ceja izquierda hacia arriba como cada vez que algo lo descolocaba.
– Soy Matías Denegri – él estiró la mano y luego señaló la estrella del cuello de Jorge- Sólo me generó curiosidad que estuvieran juntos. Un judío y un libanés, es como de película…
– ¿Eres libanés? – alcanzó a preguntar Coke.
Nuestros tragos aparecieron en la barra y yo iba a pagar. Matías nos detuvo.
– De eso, nada – él mismo nos entregó las copas- Están conmigo. Síganme.
Fue así como subimos dos pisos de largas escaleras asesinas hasta la zona VIP. Y no volvimos a pagar por un solo trago esa noche. Matías averiguó que nos habíamos conocido en Chile, en una lluviosa ciudad del sur. Jorge no mentía y yo contaba una historia que había visto en una teleserie árabe en un inglés lamentable. Cuando me pedían que hablara en árabe, intercalaba palabras sueltas que conocía con las del padre nuestro. También les metía en las listas de reproducción canciones absurdas, como Jalla de Antagoni, participante de Chipre en Eurovisión. Cada vez que podía, Jorge se me acercaba, me decía cosas en tono cariñoso como: eres un tarado, no sabes en el lío que nos estás metiendo, tienes caca en la cabeza. Si alguien trataba de decirme algo, yo me alejaba respondiendo “my english not so good” y santo remedio. Coke me dejó un momento para ir al baño, yo jugué con la bombilla de un nuevo mojito gratis y escuché a Matías, simulando no entender:
– Después de la entrega, nos vamos de after al casino. Yo elijo cual. Ellos van con nosotros.
Mi expresión no cambió. Es verdad, me había pasado pero… ¿qué es un viaje sin algo de emoción? Cuando Jorge volvió le dije al oído que debíamos escapar. Le dije que confiara en mí y al rato vino Matías a contarnos sus planes:
– Vamos al casino ahora. Nos acompañan en mi auto y después seguimos.
– Claro… vamos- dijo Jorge y yo lo tomé de la mano para bajar las escaleras.
Matías y su grupo, eran tres peruanos grandes y musculosos que fácilmente podrían habernos matado de un solo golpe, bajaron detrás de nosotros pero se detuvieron a despedirse. Nosotros aprovechamos de salir a la calle, donde dos audi q nos esperaban. Yo simulé que iba a seguir con el juego, le di un beso en la mejilla a Coke y le dije que después del siguiente beso echara a correr en dirección opuesta al tránsito, hacia Benavides. Así lo hicimos. Cuando Matías y su séquito todavía no pasaban la entrada, le di otro beso y corrimos contra el tránsito. Tomamos la avenida en dirección a Larco, pasamos casualmente por fuera de un SmartFit y retomamos esa avenida dos cuadras hacia arriba. Giramos en Schell y nos metimos por un pasaje hasta nuestro departamento. Abrimos la puerta del edificio y no paramos hasta entrar en el Airbnb. Todo estaba en silencio y en oscuridad. Yo escuchaba a Jorge jadear a mi lado, los dos juntos contra la puerta. Como nada pasó tal vez en media hora, él sólo me dijo:
– Joaquín, eres un imbécil.
La primera vez que me desperté, tipo siete am, estábamos los dos en ropa interior sobre la cama y yo no pude evitar, costumbre de viejo, salir al baño y a buscar una botella de agua mineral. Me acomodé junto a Jorge otra vez y nos tapé los pies con una manta delgada. Después, como a las nueve, abrí los ojos boca arriba. Estiré la mano izquierda para tocar a Coke y no lo encontré. Iba a pronunciar su nombre pero mi pene salió por el costado de la ropa interior y cayó nuevamente en su boca. Levanté un poco mi cabeza, viéndolo dedicado a pasar su lengua por mi glande cada vez más hinchado. Su mano izquierda acaricia mi cintura mientras la derecha sostiene prisionero mi miembro a su disposición. Trato de decir algo pero él me hace un shhh que me detiene:
– Casi terminamos en una entrega narcotraficante así que… te callas, es mi turno.
No tiene caso que intente detenerlo. Tampoco quiero hacerlo en verdad, así que me rindo a él y a sus besos, a su mamada, a sus caricias. En el espejo tras él veo su culo en tanga negra bien paradito. Ahora entiendo porque dicen que en Miraflores se vive mejor… Jorge se incorpora, subiendo con sus besos hasta mis pezones. Siento su bulto rozar mi verga dura. Sé que no conseguiré nada si no me dejo someter por él ahora y sé que me lo merezco, por ser una suerte de autista internacional. Se acerca más y lame mi cuello sólo para sentarse sobre mí. Acomoda mi pene entre sus nalgas, moviendo la tirita de la tanga sin sacarla. Mi glande siente la humedad de su agujero y sigue entrando despacio. Él gime y mis manos por ahora libres acarician sus muslos. Jorge sigue bajando, enterrándose mi pene de una vez. Lo siento mojado, abierto, preparado, presumo se ha despertado antes para lubricarse hasta este punto. Niego con la cabeza porque en realidad no es importante el asunto. Se empieza a mover, haciéndome salir un poco y entrar de nuevo. Tampoco puedo negar que la idea de no desnudarnos es maravillosa: verlo sobre mí erecto con la tanga puesta me calienta tanto como el sentir la mía todavía pegada a mi cuerpo. Jorge apoya sus pies en la cama y continúa moviéndose. Es él buscando complacerme, pero no me gusta no hacer nada. Mis manos suben hasta su cintura, acariciando el elástico de su tanga y él parece no reaccionar, hipnotizado con su propio vaivén. Cuando bajo, buscando tocar su bulto, lo despierto y me toma las manos con fuerza. Abre los ojos y me dice muy serio:
– Te lo dije, Joaquín – aprieta mis muñecas con sus manos sobre mi ombligo – Yo estoy en control, eres mío ahora.
Quiero escapar y a la vez no. Se aferra a mis manos y sigue moviéndose. Lo que deseo es tomarlo de la cintura, hacerlo caer de espaldas bajo mi cuerpo y retomar el control… pero eso también sería aceptar que cuando me equivoque no habrán consecuencias, aunque estas sean las consecuencias. Así que tomo otro camino. Sin tanto esfuerzo me deshago de sus manos y dejo caer las mías, colocándolas tras mi cabeza. Jorge sigue subiendo despacio y bajando, complaciéndome en el entrar, salir despacio y volver a entrar más fuerte que sabe que me gusta.
– Oye… – lo llamo desde la comodidad de mi almohada…- Mírame… una vez.
Cuando Jorge abre los ojos entiendo que es mi momento, tengo sólo una oportunidad, no puedo equivocarme. Saco una mano de bajo la almohada y le digo, arqueando mis dos cejas hacia arriba, en un murmullo que nadie escuchará: te amo. Dos palabras, cinco letras capaces de hacerlo caer sobre mí, pegar su pecho contra el mío, hacerme sentir sus tetillas, su Estrella de David queriendo perderse en los escasos vellos de mi pecho. Su boca se acerca a la mía y nos besamos al tiempo que mi pene empieza a retirarse… su mano derecha me toma el mentón y me dice:
– No necesitas decirme que me amas para que sepa que me amas – sonríe – Y no tienes que tratar de manipularme para que yo sepa que te importo.
Vuelve a tomarme de las manos, sus dedos se entrelazan con los míos y ya no puedo detenerme. Presiono desde abajo, levantando mis caderas, penetrándolo de una vez. Jorge gime y puedo sentir pequeñas contracciones de su entrepierna y también en su culo. Se deja caer sobre mí, rendido, buscando mis besos y yo lo recibo mordiendo suavemente sus labios. Al mismo tiempo que trata de separarse de mí, cuando su mano sube por mi pecho para descansar, mi pene duro hace el camino de regreso, saliendo de él entre movimientos involuntarios y chorros que no podrán llenarlo pero si podrán mojar su tanga negra. Cuando por fin me siento liberado, Jorge vuelve a aprisionarme:
– Sólo para la posteridad…- me dice con sus ojitos como líneas- Yo también te amo. No juegues conmigo y no me manipules. Me gusta cuando jugamos, no que juguemos el uno con el otro.
Se acomodó para dormir un rato junto a mí. Yo ya no tenía sueño así que vi muy bien como, antes de caer en el sueño, acomodó su tanga para quedar perfecto. Mi niñito, mi viejito perfecto.
A las once yo hice lo impensado en vacaciones. Le di un beso en la frente y llené una bolsa de género con mi botella de plástico, mi candado y mi toalla de mano. Me iba a sacar la tanga negra pero él se despertó para impedírmelo. Ni se te ocurra, me dijo. Así que obedecí. Voy al gim, le expliqué.
– ‘Celente – me dijo – Llego allá en media hora.
Bajé por Avenida Larco hasta Benavides, giré en dirección a la disco, donde hacía sólo un par de horas habíamos corrido como enfermos inconscientes que botaron un par de enormes maceteros de ficus en su huida. Y mientras yo hacía mi cardio de 15 minutos reglamentario para precalentar, aproveché de conectarme otra vez a Chile: leí correos y mensajes. Efectivamente, el puesto de Director Nacional había salido a concurso y sí, nuestro Director había escrito para decirme que postularía. Necesito que me prepares, me decía, te necesito. Por supuesto que me necesitas, pensé, y yo te necesito a ti afuera antes que puedas sacar a uno o a los dos.
Jorge llegó cerca de las doce. Se acercó a mí cuando estaba en la mitad de mi rutina de hombros (porque no tengo hombros). Me dio un beso en la frente y me dijo:
– ¿Abriste tu teléfono, verdad?
– ¿Cómo sabes?
– Tu mirada cambia cuando te acercas al poder – confesó – Se ve más oscura. Y mucho más, cuando no tiene que ver ni contigo ni conmigo.
– El Director se va a la Nacional.
– Que conveniente… justo cuando había dicho que quería tu cabeza, la mía o ambas.
– Supiste de eso…
– Me enseñaste a no dejar flancos libres, eso es lo que hago.
Jorge se dejó caer en una máquina y yo me ubiqué a su lado.
– Quiero que sepas que todo lo que estoy haciendo, es para protegerte y protegerme a mí…
Él simuló no escucharme. Cambió el peso de 45 a 65 y repitió diez veces. Me quitó la botella de agua y me miró a los ojos:
– ¿Tú crees que no lo sé? – me dijo – A esta gente no le interesa el trabajo, no le interesa el valor. Por eso la mejor jugada es lanzar al Director a un desafío más grande. Yo estoy seguro que ya tienes a alguien para que ocupe el lugar de marioneta mientras tú tomas el control.
– Sólo un error… – lo corrijo – Nosotros tomamos el control.
Me pasó la botella y sonrió. Pero yo estaba muy atento a su expresión. Sus ojos no se cerraron en una línea como cuando está feliz con un acuerdo. Me dejé caer en la máquina del lado. Hay un punto en que Jorge no está confiando y, suerte para mí, me quedan cinco días y un poco más. No puedo jugar ajedrez si el Rey no coopera. Así que mi única petición era que la semana de la cultura de Miraflores trajeran esa pieza, mi Rey, rendido ante mí. Y si esto falla, ya tenía mi reino en Chile, esperando con una corona. Una corona que era mía.
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2 Comentarios
Que alguien le diga a este weon que se busque un editor y saque una novela. Y por cierto, yo la quiero.
Jorge ql, me encanta <3
Me.gusta Miraflores. Y ahora más jajaja