De Hetero a Putito – Elías & Edgar P3

De Hetero a Putito – Elías & Edgar P3

De Hetero a Putito – Elías & Edgar P3

No había olvidado por completo que ese día iban a verse, pero pensaba que llegaría más tarde.

Se anudó la toalla a la cintura y procedió a abrirle la puerta, con los cabellos todavía mojados. En persona imponía más que en redes. Ninguno de los dos era particularmente alto, pero Edgar definitivamente irradiaba la confidencia de un gigante frente a Elías. Traía el cabello suelto, cayéndole largamente tras la amplia espalda. Medía cerca del metro ochenta, tal vez uno setenta y ocho, y aún teniendo la piel algo pálida, el rostro y los brazos se le veían algo bronceados. Era verano después de todo. Vestía una camiseta musculosa blanca y una camisa hawaiana con patrones en rojo y blanco. Lo último que quería ver pero lo que no podía evitar estaba de la cintura para abajo. Unos pantalones grises de jogging, notoriamente abultado en la entrepierna. Se preguntó para sus adentros si estaría usando un slip o si había decidido salir sin nada debajo.

—Te agarré justo para empezar una buena sesión. Con el pelito mojado te vas a ver más tierno, y de hecho… —lo miró de arriba a abajo, le indicó con la mano que diera una vuelta, y siguió—. Te tengo que sacar una foto con esa toalla puesta. La vas a doblar una vez más para que muestre tus nalgas húmedas, la voy a sacar desde abajo y se va a ver espléndido.

Fue en efecto lo primero que hicieron. El ángulo lograba captar parte de los muslos de Elías, y su culo ligeramente ensombrecido y cubierto por la toalla. El efecto más impresionante que sintió Elías fue que lo hacía verse más pequeño. Sus fotos solían tener ángulos para reforzar una perspectiva que lo hiciera ver más alto de lo que era realmente, pero esta aprovechaba su estatura baja para resaltar la grandeza de su culo. Verse a sí mismo así le había excitado, y sólo esperaba que Edgar no lo notase.

Tras esta fotografía retomaron las formalidades. Hablaron un rato en la sala de estar, Elías le invitó algo de beber. Edgar se tiró en uno de los sofás con las piernas abiertas, su bulto bamboleándose cada vez que realizaba una acción. Mientras le servía una bebida no podía dejar de notar ese paquete. Nunca antes había sido tan consciente de la entrepierna de un hombre, pero Edgar actuaba despreocupadamente. Ni siquiera se esforzaba por resaltarlo, simplemente dejaba que su pene se mostrase con libertad.
“Es imposible que tenga calzones, se le ve hasta la forma de la punta…”, Edgar se estiró, revelando un poco de abdomen, y debajo pudo reconocer una marca. “Capicua”. Llevaba boxers, apretados, estirados. “Qué hijo de puta, ¿se le marca la cabeza aunque tenga bóxer?”.
Cuando terminaron sus bebidas, Edgar habló.

—Quiero que sepas que vamos a aprovechar para hacer muchas fotos de tu culo, pero también vamos a tener que hacer algo con tu pija. Todavía no la mostraste nunca, ¿no?
—No, la verdad es que me da cosa…
—Me dijiste que era promedio tirando a corta, ¿no?
—Sí, sí, pero… ¿Para vos cuánto mide una verga chica?
—¿Para mí? Hmm… —se cruzó de brazos y se acomodó, moviendo las caderas. Como en ese vídeo. El pedazo que cargaba rebotó, y continuó—. De trece o catorce para abajo. Si te doblo el tamaño fácilmente, es chiquita, y a mí me mide 23, casi 24.
—Bueno, por eso no quiero mostrarla.
—Bueh tampoco es un horror tenerla de 13 o 12.
—No, pero a mí no me mide eso. Creo que me triplicas.

Notó un sutil cambio en la entrepierna de Edgar. Hasta ahora su vergón había estado relajado, pero pareció moverse hacia un costado, palpitando levemente.

—Tres veces… jeje, sí, no sería imposible. Mira ya estamos en confianza, y ya te voy a ver en pija en un rato. Aprovecha que estás en toalla y déjame ver.

“Dios, estoy re comprometido”, pensó, levantándose de la silla. Su pene seguía levemente duro por lo de la ducha, por la exposición, y por la foto que le habían sacado y que había visto. Hasta ese momento sólo sus novias le habían visto totalmente desnudo, tomó aire antes de sacarse la toalla. Sus huevos estaban erguidos, su pene tieso, intentando alzarse con orgullo frente a la bestia que ni siquiera podía esconder su verga flácida.

—Wow… Amigo, no sabía que tenías micropene.
—No es micro.
—¡Pero lo parece, jaja! Disculpa, pero wow, no veía algo así desde hace mucho. Muchísimo. ¿Y cómo se ve cuando está dura?
—¿Me estás preguntando en serio, hijo de puta? —se volvió a cubrir con la toalla.
—Pará, ¿la tenes dura ahora? Uh no, en serio, perdona, es que ni siquiera te lo noté a través de la toalla. Me esperaba un poco más por lo que habías dicho.

Hubo un silencio momentáneo, que fue quebrantado por el sonido de la mochila de Edgar abriéndose.

—Mira, estas las traje solo para probarlas, pero te las regalo. No te quería ofender y creo que esto es lo único que puedo hacer para disculparme. ¿Te parece?

Enseñó a Elías varios pares de tangas. Había un par de cada color; rojo, blanco y negro. Las acomodó sobre la mesa de la sala de estar. Edgar explicó que los pares de la izquierda eran de mujer, y los de la derecha de hombre. Se notaba por las diferencias evidentes, una tenía un espacio donde guardar el pene aunque fuese excesivamente pequeño, y la otra era plana, de encaje y con diseños floreados en el patrón frontal. Edgar le instó a probarse ambas.
Ignoró las de mujer. No estaba dispuesto a rebajarse tanto. Eligió una tanga masculina roja, con un diseño de hilo grueso que pasaba entre sus nalgas y apretaba duramente su ano. Elías se acomodó el pene hacia abajo para que abultase un poco más, aunque no hacía mucha diferencia. “Te queda fantástica, pero tenés que levantar un poco más la cola”. Se levantó y tiró hacia arriba de ambos lados de la tanga, haciendo que se encajase más en el interior de su culo y el delicado hilo rojo que rodeaba su cuerpo se posase sobre ambos lados de su cintura. La tanga le quedaba ahora bien apretada.
Nunca había usado una hasta ese momento, y el instante en que el hilo tocó su orificio se sintió débil, o más bien, sintió esa sensación donde se le nublaba el juicio. Como cuando había rozado sus interiores momentos antes en la ducha. Y cuando Edgar le reforzó la tanga, no pudo evitar mojarla un poco por el frente. Seguía sensible, seguía excitado. Quería terminar de masturbarse, pero no frente a Edgar.

—¡No te muevas! —le dijo Edgar. Se agachó, quedando a la altura de su pene—. Hmm… Perfecto, hermoso.

Sacó el celular y le ordenó que juntase las rodillas para resaltar sus muslos, que inclinase el pecho y el torso moderadamente hacia atrás para resaltar el abdomen, y que llevase ambas manos a la altura del mentón. Se lo veía tan seguro de sus palabras que no puso protestas, siguió al pie de la letra sus órdenes. El celular hizo un sonoro “click” captando la imagen de su pequeño miembro erecto tras la tanga, mojando la tela, dejando una mancha húmeda en la punta de su pijita.

—¿Ves? Incluso con tu cosita se pueden hacer buenas fotos frontales. Van a amar verte húmedo. Voy a poner esta en mi historia y te voy a etiquetar…
—No hace falta, ya estás haciendo mucho jaja
—No no, es que quedó buenísima… Listo. En unos minutos te llenas de fans jaja. Ponete la roja de mujer, vamos a hacer una continuación.

Al principio no quiso, dudó unos instantes, pero la historia ya empezaba a acumular likes y comentarios. “Pensa en la plata, le vas a comprar cosas lindas a tu novia”. Las palabras de Edgar eran siempre convincentes, no sabía cómo lo lograba. Se dio la vuelta para no mostrar su pene húmedo, aún con vergüenza, y se calzó la tanga femenina. El diseño de las rosas del encaje reposaba hermosamente sobre sus pequeños huevos calientes, dejando escapar la mitad de su verga hacia afuera al estar tan dura. Edgar volvió a forzar el hilo trasero, sintiendo Elías como este acariciaba tan ricamente su ano, provocando otra vez que su cosita palpitase y se le mojase la punta. La foto había quedado, una vez más, espectacular.
La sesión continuó en el cuarto. Primero Elías se dejó caer en la cama, como simulando estar dormido, y Edgar tomó varios ángulos de su culo entangado. “Ahora en cuatro, bebé”. Nunca se había puesto así para nadie. No sabía exactamente cómo acomodarse, pero abrió las piernas levantando la cola, y arqueó la espalda como cuando hacía remos, apoyándose sobre sus manos y con la cabeza medio erguida.

—Qué pose perfecta, te salió natural —le dijo Edgar.

En todo ese tiempo su pene no se había bajado ni un segundo. Era una exposición constante de su propio cuerpo, y no dejaba de excitarle verse a sí mismo, bajo la idea de lo que lograría gracias a mostrar su cuerpo así. Quizás llegaría al mismo nivel que el otro chico que Edgar había ayudado, el rubio al que por accidente había visto recibir el pene más grande que había visto nunca. Se preguntó si esa sería la verga de Edgar.
Sintió como sus manos apartaban el hilo de su agujerito. Aunque no fue más que un instante, los dedos largos de Edgar habían rozado la sensible y pura piel de su ano. Los sintió más calientes e intrusivos que sus dedos, posándose más que un par de segundos, apunto de hacer presión. Temió que Edgar fuese a forzar un dedo, estaba en cuatro delante de un potro al fin y al cabo. Le temblaron los muslos y el pene, pero en menos de un segundo, la tanga se había movido a un costado, apoyada en uno de sus cachetes, y la sesión siguió. Otra foto. Se la enseñó. Estaba en la cama, siendo fotografiado con una tanga roja de mujer. Se sintió como en un sueño extraño, no se creía a si mismo capaz de algo así.

—¿Te gusta?
—Me encanta, están quedando perfectas. ¿A cuánto lo podría vender?
—Es un set fotografiado por mí, mínimo 70$, no me rebajes jaja
—Está bien, a ese precio lo pongo jaja

La sesión fue de súbito interrumpida por la apertura de la puerta principal. Elías no había sido consciente del paso del tiempo, había pasado casi toda la tarde y sus padres habían regresado. Se apresuró a ponerse la primer ropa que halló a mano, se meció los cabellos rojos y advirtió a Edgar que no dijera nada. En lo que a ellos respectaba, Edgar era otro más de los amigos que invitaba de vez en cuando. Lo siguiente procedió sin incidentes: Elías y Edgar salieron del cuarto, sus padres saludaron al invitado y este se retiró sin más.

Por la noche recibió un mensaje.

—Buenas Eli, iba a sacarte un par de fotos más pero nos cagaron la sesión :p
—Sí, perdón, no tengo la casa sola seguido ni mucho tiempo.
—Para la próxima podes venir a la mía, vivimos cerca jaja. Por cierto, acá tenés tus fotitos.

Era un set completo, algunas fotos ni siquiera se había enterado de que Edgar las había tomado. Por ejemplo, no había notado que le había tomado una fotografía nada más entrar en la casa, mientras se sujetaba la toalla, parado en mitad del pasillo con las piernas y los cabellos aún mojados. Incluso siendo una foto de sorpresa, la toma invitaba a la intimidad. Luego estaba la foto por debajo de la toalla, casi parecía como un creep-shot realizado por debajo de la falda a alguna chica, sobre todo viéndose sus nalgas tan afeminadas y redondas, algo que la pequeñez de sus genitales acentuaba dulcemente.
Siguió pasando las fotos cuando saltó una notificación: “Uy creo que te mandé una que no debía”. Al mismo tiempo que saltaba el mensaje, deslizó hacia la siguiente fotografía.
Edgar estaba con el cuerpo enteramente desnudo encima de la cámara, un tipo de foto “punto de vista”, donde su pijón voluminoso y húmedo ocupaba la mayor porción de la fotografía. El denso vello negro de su pubis saltaba a la vista, contrastando con la suavidad de sus enormes bolas colgando, una mucho más abajo que la otra. El glande estaba a medio descubrir, con una dulce gota de semen bajando por el tronco. Era la perspectiva exacta que tendría alguien disfrutando de tener a ese príapo violándole la boca. Intentó ignorarla, pero siempre volvía a esa foto. Si solo el bulto hipnotizaba, ese pedazo de carne le robaba la atención. Sólo en el porno había visto penes tan inmensamente atractivos, fotogénicos y colosales.
No supo cómo responder tras este accidente, sólo agradeciendo por las fotos. Las liberó gradualmente a lo largo de la semana en su telegram privado, el cual Edgar tuvo el buen gesto de difundir igualmente cuando Elías lo anunció al fin, recordando a su público que era el mismo chico al que había sacado la foto entangado, «mojando la lencería nada más ponérsela».
Pronunciado de esa forma sonaba obsceno, pero era lo que había sucedido. Y le sucedía cada vez que se ponía la tanga, y esta le apretaba el ano. Esa intrusión permanente sobre su pequeño orificio le mantenía excitado, pero más le excitó ver las donaciones que había recibido, y los suscriptores en su canal privado.

Sólo en esa semana ya había hecho casi 100 dólares.

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1 Comentario

  • Anónimo septiembre 15, 2026 a las 9:40 pm

    Hermoso ❤️❤️❤️
    Parte 4 porfa 🙏🙏🙏🙏

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