El que con niños se acuesta… Parte VI – El Hospital
- 1El que con niños se acuesta…
- 2El que con niños se acuesta… Parte II – Un viaje a dedo
- 3El que con niños se acuesta… Parte III – El vacío después del jacuzzi
- 4El que con niños se acuesta… Parte IV- Javiera Mena para sobrevivir a los cabros rotos
- 5El que con niños se acuesta… Parte V – Entre Mojitos y Deepthroat
- 6El que con niños se acuesta… Parte VI – El Hospital
Hola, parto por disculparme por el atraso de la
continuación, prometo no volver a repetirlo. Hice mejoras en torno a la forma de escrituras en el relato, por eso se ve distinto a las partes anteriores. Gracias por sus palabras, saludos 🙂
Corría el invierno. Hacían ya cerca de cinco meses que no veía a A, y un poco menos desde la última vez que habíamos hablado. En realidad, “hablar” era una forma generosa de describirlo. Nuestras conversaciones se habían vuelto fragmentos dispersos, mensajes enviados a horas extrañas, muchas veces cuando él estaba bajo los efectos de sustancias. El A que yo había conocido parecía haber desaparecido poco a poco, en ocasiones me pidió plata prestada a lo que me negaba y el pendejo se enojaba.
Cuando respondía, solía recibir distancia, indiferencia o desprecios. Más de una vez le pregunté por qué era así conmigo, qué había cambiado, qué había hecho mal. Nunca respondió. Se refugiaba en el silencio, en los mensajes vistos y en ausencias cada vez más largas.
Finalmente dejé de escribirle, como había hecho alguna vez antes, borré su número. Lo que no sabía era que esa ausencia terminaría siendo definitiva. Durante semanas quise volver a buscarlo, volver a dolerme por él, volver a insistir, pero el tiempo siguió avanzando. Y, contra todo pronóstico, empecé a sentirme mejor.
Todavía lo recordaba a veces. Aparecía en algún pensamiento inesperado, en alguna canción, en una calle donde caminamos, donde me agarraba el poto, en el parque donde nos dimos hartos besos, en el paradero donde me tomo de la mano y yo me enojaba porque no quería ir con él pero ese enojo era un total sí. Pero ya no sentía aquella tristeza devastadora del principio. Tampoco esa necesidad constante de saber de él. Pensé ”¿acaso lo había superado?”
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El nuevo tono de alarma del teléfono sonó a las 6:30 de la mañana. Todavía me arrepentía de haberlo elegido. Más que despertar, parecía anunciar una emergencia.
Me levanté sobresaltado, me duché como cada mañana y, al salir, me encontré con una colega para ir juntos al hospital.
Era uno de esos días particularmente agitados. Los pasillos estaban llenos de pacientes, visitas, guardias, médicos, matronas, técnicos y profesionales de distintas áreas. También había gendarmes y pacos, algo habitual en el contexto hospitalario. Vuelan los minos detrás de esos uniformes, algunos son pesados, así que no vale mucho la pena conversar con ellos, al parecer si están muy enfocados en la pega en el contexto hospitalario y eso es bueno, pero es imposible no prestarle atención a los medios bultos que se cargan o los pedazos de raja, sobre todo los gendarmes. Una vez tuve que entrevistar a uno y me costo un poco dividir papeles, no es lo mismo tener a alguien como paciente para entrevistar que a un hombre bruto como testigo, más encima si es minazo. Recuerdo que me respondía “sí joven” como si el no hubiera sido joven como yo en ese momento jaja, bueno en fin.
Con las chicas estábamos en la oficina traspasando entrevistas al sistema, realizando derivaciones y conversando de cualquier cosa para hacer más llevadera la mañana.
Entonces golpearon la puerta. Era una ginecóloga interna; entró saludando con una sonrisa y nos comentó que necesitaba apoyo con una paciente. La invitamos a pasar.
La profesional explicó que la mujer se encontraba evolucionando favorablemente desde el punto de vista médico. La hospitalización iba bien, las heridas cicatrizaban correctamente y no existían complicaciones físicas.
Sin embargo, había algo que preocupaba al equipo. Desde hacía dos días prácticamente no hablaba. En este caso con los profesionales y las compañeras de sala. Solamente conversaba con sus visitas
—¿Tú hablaste con ella? —pregunté.
—Sí —respondió la ginecóloga—. Conmigo sí quiso hablar.
Aquello despertó mi curiosidad.
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Después de terminar unas derivaciones ingresé a la plataforma hospitalaria para revisar los antecedentes de la paciente. Su nombre me llamó inmediatamente la atención, era poco común, tan poco común que decidí buscarlo en internet. Los resultados eran siempre los mismos:
Gitano.
Gitano.
Gitano.
Le comenté a N lo que había encontrado.
—No te va a leer la suerte, tranquilo —rió—. Era broma.
—Búscate un marido —le respondí haciendo alusión a la Gitana Perla de la tele mientras me levantaba para salir.
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Mientras caminaba hacia la sala, un recuerdo apareció de improviso. El segundo nombre de la paciente, algunos rasgos… algo en la información me recordó a A.
Fue apenas un segundo. Un pensamiento fugaz. Pero bastó para que sintiera una pequeña punzada de nostalgia. Porque, aunque ya no lo extrañaba como antes, había sido importante. Habíamos compartido momentos que aún conservaban cierta intensidad en mi memoria, no porque hubiéramos logrado construir una relación, todo lo contrario, nunca pudimos encontrarnos realmente.
Cuando estábamos juntos parecía existir una conexión imposible de sostener fuera de esos encuentros. Había deseo, química y una atracción que nos arrastraba una y otra vez a buscarnos. En aquellos momentos parecía que todo encajaba. Pero cuando la noche terminaba y la vida real volvía a aparecer, también regresaban los silencios, las contradicciones y las distancias.
Era como si solamente pudiéramos coincidir en lo físico mientras todo lo demás se desmoronaba alrededor, y eso había dolido más de lo que quería admitir.
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Llegué al área ginecológica, el pasillo estaba relativamente vacío. sólo había dos gendarmes minos apostados fuera de una habitación.
Los saludé.
—¡Hola! ¿Están acompañando a una paciente?
—Sí —respondieron ambos al mismo tiempo.
—¿En qué camita está?
Uno de ellos señaló hacia el interior y seguí la dirección de su dedo…. y entonces la vi.
La paciente estaba encadenada a uno de los costados de la cama. Llevaba tobillera electrónica. Su postura transmitía agotamiento, tenía la mirada perdida, como la expresión de alguien que llevaba demasiado tiempo sosteniendo algo doloroso.
Por un instante sentí cómo la seguridad profesional se tambaleaba. ”¿A quién voy a entrevistar, Dios mío?”. Respiré hondo y entré.
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Contra todo pronóstico, aceptó hablar conmigo. La conversación fue difícil, pero posible. Detrás de aquella apariencia endurecida encontré una tristeza profunda, silenciosa, casi resignada. Cuando terminamos, accedió a que la visitara nuevamente al día siguiente para continuar evaluando su estado emocional.
Antes de irme conversé con los gendarmes y les expliqué la importancia del seguimiento psicológico considerando el estado depresivo que observaba.
Para mi sorpresa, escucharon atentamente e incluso estuvieron de acuerdo. Eran bonitos los minos, me imagine un trío con unos segunditos, andaban con polera y tenían unos brazos ricos, eran tonificados pero flacos, una pinta media flaite que me dilataba jajaj.
Salí más feliz que niño con paleta y mi intención ahora era encontrar a la interna para decirle con mas detalle lo que le había dicho a los gendarmes. Había logrado algo de conexión en una situación compleja.
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Comencé a caminar de regreso a la oficina. Al llegar a la entrada del pasillo vi a una guardia intentando impedir el paso de un hombre. Seguí avanzando sin prestarle demasiada atención. Finalmente logró pasar.
Nos cruzamos, levanté la vista y el mundo pareció detenerse durante un segundo.
Era A.
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Sentí un frío recorrerme el cuerpo, las piernas se volvieron pesadas y aquellas famosas mariposas que creía desaparecidas regresaron de golpe. Nos miramos, sólo nos miramos. Cinco meses desaparecieron en un instante. Había algo extraño en sus ojos. Algo familiar, algo distante. Me di vuelta y él tambien
Levanté la mano en un saludo torpe, casi ridículo.
—Hola.
Él respondió apenas moviendo la cabeza.
Y siguió caminando.
Eso fue todo… ni abrazos, ni explicaciones, ni preguntas, pero bastó para remover cada emoción que creía enterrada.
Me senté unos minutos intentando comprender lo que acababa de pasar.
¿Qué hacía allí? ¿A quién venía a ver? ¿Por qué justo ese día?
La felicidad de volver a verlo chocaba violentamente con la incertidumbre. Y ninguna de las dos emociones lograba imponerse sobre la otra.
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Cuando llegué a la oficina les conté inmediatamente a N y V.
—¿Y fue a ver a la señora? —preguntó N.
—No sé. Creo que sí. Iba en esa dirección pero no caché si entró a esa puerta.
Las dos se levantaron casi al instante.
—Vamos a averiguar.
—N, no, ¿pa’ qué? quédense acá mejor.
—Ni una posibilidad. Después de todo lo que nos has contado quiero conocer al rompecorazones.
Y desaparecieron por el pasillo.
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Volvieron pocos minutos después, la expresión de ambas era completamente distinta.
—Guaguito… —dijo V.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué pasó?
—Es la mamá.
—¿Le hablaron?
—No —respondió N—. Pero no hacía falta. Se parecen muchísimo. Y ella le dijo “hijo”.
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El rompecabezas comenzó a encajar, pieza por pieza. muchas preguntas encontraban finalmente una respuesta, pero la claridad llegó acompañada de dolor, porque comprender significaba aceptar… aceptar que nunca había conocido realmente a A, aceptar que detrás de su misterio existían muchas cosas que jamás me mostró. aceptar que su vida era mucho más compleja, oscura y peligrosa de lo que imaginaba. mientras más entendía, más desaparecía la imagen del hombre del que me había conocido.
Las drogas parecían estar consumiéndolo poco a poco. Las situaciones que lo rodeaban eran cada vez más peligrosas. Y por primera vez comprendí algo que llevaba demasiado tiempo evitando:
No podía salvarlo. No podía seguir persiguiéndolo. No podía acompañarlo hacia un lugar donde él mismo se estaba perdiendo.
Sentado en aquella oficina, con el corazón todavía acelerado por el encuentro inesperado, entendí que verlo nuevamente no había sido una segunda oportunidad.
—Es mejor que sigas así guagua — me dijo N— sin él, tal vez no es malo pero no es sano para ti, y tu te mereces algo y alguien bacan, eres precioso, inteligente, culto, divertido, irradias luz, mereces más.
—Comparto lo que dice la N —dice V—eres bacán L, hay que valorarse.
Las palabras de las chiquillas me estaban cacheteando para despailar del aturdimiento mental. Las abracé. Porque sabía que tenía razón. No era la primera vez que me lo decía. Tampoco era la primera vez que alguien me lo decía. La diferencia era que, por primera vez, una parte de mí estaba empezando a creerlo.
Intenté seguir trabajando el resto del día, pero fue imposible concentrarme del todo. Cada cierto rato volvía a recordar el momento en que nos cruzamos. El saludo torpe. Su cara. Lo cansado que se veía. Lo distinto que estaba.
A las 17 salí del hospital. Hacía frío, de ese frío que se mete debajo de la ropa. Iba caminando hacia la salida cuando escuché mi nombre.
—L.
Me di vuelta, era el A. Estaba unos metros más atrás. Por un segundo sentí las mismas mariposas de siempre. Las mismas que durante meses confundí con amor. Pero esta vez venían acompañadas de algo distinto. Rabia. Una rabia vieja… Acumulada… De esas que se construyen con silencios… Con ausencias…Con promesas que nunca existieron.
—Hola —dije.
—Hola.
Nos quedamos unos segundos sin hablar, incómodos, midiéndonos, como dos personas que alguna vez fueron importantes y ya no saben qué lugar ocupan en la vida del otro.
—Tay más mino ah.. —dijo finalmente.
Solté una risa irónica corta.
—Lo sé.
—Lo digo en serio.
—Ya.
Volvió el silencio.
Y me di cuenta de algo: por primera vez no estaba desesperado por llenarlo. Antes habría hecho cualquier cosa para mantener la conversación viva. Habría buscado temas. Habría preguntado cosas. Habría intentado rescatar algo, ahora no. Si él quería hablar, que hablara. Había sido yo quien persiguió durante demasiado tiempo.
—Supe que viste a mi mamá. —dice A luego de un minuto de silencio.
—No la vi realmente.
—Pero sabes que era ella.
—Sí. —asintió. Miró el suelo, después volvió a mirarme.
—Siempre fuiste bueno armando rompecabezas (1)
—No.
Su expresión cambió.
—¿No?
—No. Siempre me dejaste las piezas botadas y yo era el hueón que intentaba armarlas.
El comentario lo golpeó, lo vi en la cara y por primera vez no sentí culpa porque era verdad.
—No era tan simple —mencionó agarrandose la cara.
—Nunca era simple contigo.
—No sabes todo lo que estaba pasando.
—Exactamente. —Lo interrumpí.— Nunca supe, porque nunca me contaste.
El A bajó la mirada. yo sentía el corazón acelerado, pero ya no por ansiedad. Era otra cosa, era cansancio. Era finalmente atreverme a decir cosas que había guardado durante largos meses.
—¿Sabes qué fue lo peor? —pregunté.
—¿Qué?
—Que siempre me hiciste sentir que el problema era yo, que estaba pidiendo demasiado, que estaba exagerando. que era intenso y la verdad es que lo único que quería era honestidad.
El A se quedó callado.
—Nunca fue mi intención—dijo.
—Pero fue lo que hiciste.
Volvió a guardar silencio y por primera vez vi algo que rara vez le había visto…Vergüenza. No esa vergüenza manipuladora que algunas personas muestran para dar pena. Vergüenza de verdad.
—Te hice daño.
—Sí.
—Lo sé.
—Y aun así seguiste haciéndolo.
Miró hacia otro lado, pasó una micro. Se escucharon bocinas a lo lejos.
Por un momento ninguno habló.
—Te extrañé hno —dijo finalmente.
Esa frase me desequilibro.
—Yo también te extrañé.
Levantó la vista.
—¿En serio?
—Sí.
Todos los días al principio.
Y mientras hablaba me sorprendió lo tranquilo que sonaba.
—Te extrañé cuando despertaba, cuando volvía de la pega, cuando me pasaban cosas buenas, cuando me sentía solo, te extrañé caleta A, pero no quiero volver a sentirme mal, me haces mal.
—Pero poto loco, tu sabí que te quiero, no se que me pasa, por qué reacciono así, toy loco no se que wea.
—Ahora dices eso A, quizás el verme o el haber ido a ver a tu mamá te bajo el cariño pero te va a durar poco, después volverás a responder como la mierda.
—¿Viste que viste a mi mamá wn mentiroso? —me abraza por detrás y me da besos en el cuello, yo me salí con fuerza pero sentí escalofríos ricos por todo el cuerpo.
—Detente, ¿viste? no escuchai.
—Ya, lo siento oh— se aleja y tira los brazos para atrás.
Se veía tan mino, tan lindo, wachito rico, en ese momento lo vi y pensé “¿y si le propongo que hagamos una despedida?” pero iba en contra de mis principios, no quería engañarme, no quería volver a sentirme objeto, pero lo deseaba tanto, extrañaba sus besos, sus agarrones, sus manos grandes pasando por todo mi cuerpo, esa perversidad tierna que encantaba en cada acto sexual, sus dominaciones, sus comentarios dominantes y calientes. Me ensimisme denuevo con un pensamiento muy superficial en forma de palabra “tiratelo, tíratelo, tíratelo, tíratelo…”
—¿Qué vai a hacer ahora? —me pregunta acomodándose el paquete, con intenciones provocativas, no soy tonto.
—Nada, me voy a mi casa porque quiero dormir.
— Y no te tinca —mientras habla se acerca a mí— ¿ir a comer algo?
— No, ya stop —se lo digo muy pesado— no vamos a tirar ni nada, no comeré nada de ti A, para. —Obviamente quería pero me sentía ambivalente.
— ¿Que wea?, a comer al mall pao, ¿quería comer tula? —se ríe fuerte— igual no me quejo.
Me dio la perra verguenza, mi propio pensamiento me engañó en la realidad. Lacan tenía razón, uno dice más de lo que en realidad quería decir.
Así que sí, fuimos a comer al mall, con distancia, no sé por qué acepté. Pensaba en la N y la V y me sentía pésimo, como si las hubiera decepcionado. En realidad eso es parte de mis inseguridades ya trabajadas. Salimos a las 12 del mall porque pasamos a ver el conjuro 4, y este loco se quedó sin micro.
—Pide un uber po —le dije mientras comía palomitas.
—Se me apago el teléfono culiao po, tu teni soluciones obvias pa todo. —me dice como molesto.
—Ya que pesao, te busco uno.
Entre solicitudes y cancelaciones, pasaron 35 minutos aproximadamente y el A ya se notaba chato y yo me quería ir a la casa porque ya quería acostarme. De pronto se me apaga el celu.
—Cagamos —dije asustado— se me apagó.
—Vamos a tu casa.
—¿Cómo? no.
—Me vai a dejar solo acá o que? busca un cargador, no sé po, y cargo mi celu o el tuyo, por favor L.
así que en plena disociación emocional y vivir el momento como si fuera el último, lo invité a dormir a mi casa.
— ¿La pulenta? —lo dice como sorprendido.
—Sipo, pero te vai temprano porque salgo a las pega las 7:50.
—Me baño contigo si, la hacemos corta —lo dice en mi oído.
—Ya stop, nada de drogas.
—No tengo nada wn, si querí revisa. —me estira la mochila.
—Nop.
No sabía que estaba haciendo, lo único que sabia es que esa noche de seguro el A me iba a detonar y yo detonarlo a él con mi saltos, pero temía a lo que sucedería después.
Continuará
(1) La metáfora del rompecabezas había sido conversada con el A por chat varias veces, fue mera coincidencia cuando la N lo dijo.
2 Comentarios
Me dio rabia leer su relato como tan Pao en vol er a caer
Igual estás enamorado… Te entiendo