El que con niños se acuesta… Parte VII y Final – Puta que te quise, A

Subimos en el ascensor casi sin hablar. Era raro. Después de todo lo que habíamos vivido, el silencio ya no era incómodo; era como si los dos estuviéramos pensando exactamente lo mismo, pero ninguno quisiera ser el primero en decirlo.

Abrí la puerta del departamento.

—Pasa nomás.

Entró mirando para todos lados. —Así que acá vive el psicólogo…

Me dio risa.

—¿Esperabai otra cosa?
—No sé po… pensaba que iba a estar lleno de velas, inciensos y esas cuestiones raras.
—Erí entero mal hablao

Se rió fuerte.

Dejó la mochila al lado del sillón y empezó a recorrer el departamento con esa curiosidad de cabro chico. Miró los libros, las fotos, una planta que estaba medio muriéndose y hasta una taza con café seco que llevaba todo el día sobre la mesa.

—Qué ordenado eri… me carga la gente ordenada.
—Eso es porque no cachai los clósets.
—Ahhh… ahí escondí la cagá entonces.

Nos reímos los dos.

Preparé unos panes con jamón y queso mientras él abría el refrigerador sin ningún permiso.

—Oye, ¿siempre comí tan fome?
—No revisís mis cosas.
—Ya, pero si no tení ni una bebida.
—Tomo agua.

Me miró con una cara de decepción enorme. —Qué fome eri, L.

Nos sentamos a comer en silencio.

No era un silencio pesado. Era de esos silencios donde uno siente que no tiene que impresionar a nadie.

Después de un rato fue él quien habló.

—¿Por qué estudiaste Psicología?

Nunca me lo había preguntado.

Me quedé pensando.

—Cuando era chico sentía que la gente hablaba, pero nadie pescaba realmente al otro. Quería entender por qué hacíamos lo que hacíamos. Me gusta acompañar a las personas que estan pasando por momentos complicados.

Se quedó mirándome. —Y… ¿me entendís a mí?

Sonreí.

—No tanto como me gustaría.

Bajó la vista. —Ni yo me entiendo.

Ahí cambió el ambiente.

Empezamos a conversar de verdad.

Me habló de su mamá, de su abuela, de las veces que tuvo que cambiarse de casa, de trabajos que había perdido, de amigos que terminaron presos y de otros que simplemente desaparecieron.

Yo le conté de la universidad, de la primera ve que fumé marihuana, de lo fumeta que era los primeros años de u, de mis colegas, de las primeras veces que atendí pacientes y del miedo que siempre me daba equivocarme.

—¿Vamos a la camita? — me dijo mientras se acercaba a mí y me toca el cuello.

Lo tomo de la mano y nos dirigimos a mi pieza, me tiro a mi cama como saco de papa y el se sienta y me empieza a masajear el poto.

—Te queria decir algo
—Dime —le pregunté
—Es que cuando estuvimos sin hablar con unos meses, anduve con una mina como una semana y culiamos pero no podía sacarte de mi cabeza, fue entero difícil. Quería que fuerai vo en ese momento

En ese momento me dio entre celos y calentura de saber que en la intimidad de unas personas estaba siendo deseado por el flaitecito.

— Bueno, aquí estoy, me tienes frente a ti acostado — mientras le hablo me subo lentamente encima de él y me saco la polera.

— ¿Entero pa mí, putita? — aquí se levanta un poco y con sus medias manos que me encantan me empieza a revolver los cachetes del poto y a nalguear sin piedad. — Que me encanta ese hoyito hueón, le
echaba tanto de menos… anda a mi mochila y saca la primera hueá de algodon que sintai

Le hago caso, voy a abrir la mochila y saco un pasamontañas negro.

— ¿Y esto? — mi cara era explicitamente :$
— Tenía frío denante asi que lo saque por siacaso, pero ¿no te gustaban los bandidos a vo? bien tapados. — Me hablaba bien brusco mientras estaba agarrandose el pico con una mano y moviendolo, así le pagaba con la otra mano.
— Si sabi que me encantan, ojalá me hagan su perrita.
— Venga pa’ aca — me agarra del hombro y me baja al pico para detonarselo con la boca.

Y como saben, culiamos como lo relato anteriormente, me culio hasta dejarme el hoyo moldeado a semejanza de su pico blanco gordo y largo, me follo la boca hasta dejarme seco de baba, fueron tantas gargantas profundas y cercanías de mis labios y mi nariz con sus pendejos del pico que se los dejé remojados. Me recagó el hoyo con succiones con su boquita bonita y yo le deje la tula roja de chuparla y succionarla tanto y también de brincar como si me fuera a morir mañana. Todo esto mientras el usaba un pasamontaña, haciendome satisfacer mi fantasía mientras él tenía los ojos blancos de tanta friccion que le realizaba a su pichula. Fue una noche cochina pero exquisita. Luego de que me dejara el
moco dentro del hoyo y mientras me abria el culo y me decia “puja” yo lo botaba nos fuimos a duchar extasiados, con besitos tiernos.

Las horas pasaron volando.

Cuando miré el reloj eran casi las dos de la mañana.

—Oye…

—¿Qué?

—Mañana unos amigos van a una disco gay.

Me quedó mirando.

—¿Y querí que vaya?
—Si po

—Voy.

Así, sin pensarlo.

Al otro día sonó el despertador demasiado temprano.

—Cinco minutos más…
—No po, tengo que ir a trabajar.

Me respondió algo inentendible desde la almohada.

Mientras me preparaba un café apareció con el pelo completamente desordenado.

—Parecís un pajarito.
—Y vo parecís profesor.
—Psicólogo.

—Es casi lo mismo.

Antes de salir le pasé las llaves para que pudiera cerrar cuando se fuera —Pasaselas a Don Julio (el conserje) cuando te vayas, le voy a decir que se las pasarás.*

—Nos vemos en la noche.

—Nos vemos guachito

No sabía por qué, pero esa despedida me dejó una sensación extraña en el pecho.

Llegó el sábado. Nos encontramos afuera de la disco. Andaba con un polerón negro, jockey hacia atrás y las manos en los bolsillos.

—¿Listo?
—Siempre.

Entramos. No alcanzamos a caminar ni diez metros cuando escuché mi nombre.

—¡L!

Era una ex compañera de universidad. Después apareció un amigo de la vida que nos conocimos cuando usabamos tumblr e ibamos a los meet up. Después una matrona del hospital, después a un compañero de colegio con quien nos comimos en tercero medio en un carrete, esa vez el estaba “experimentando” y yo lo apañe, nunca se ha declarado ni bi, jura ser hetero y esa vez en tercero me chupo el pico jaja, siempre me calentó el V, yo de lo caliente que soy tenía una fijación con su boca, sus labios la forma de su boca, su lengua, sus dientes, a medida que ibamos creciendo y compartiendo más, florecían mis deseos dexuales y pensamientos, y siempre pensé que el V tenía que chuparlo super rico, como que su boca delataba ese tremendo don que le entrego la divinidad. Resulta que fue cierto, esa vez que curao que dijo, “oye l, ya q nos comimos, de huebeo si, ¿me dejariai probar tu pico? me da curiosidad saber que huea se siente, pero no te pasi rollos” yo le dije altoque que si porque pense que se me estaba cumpliendo un sueño y a ratos pensaba que quizas estaba soñando. Después de eso nunca más hicimos algo sexual y tampoco nadie supo, aún así hasta la actualidad mantenemos un vínculo bacán y de amistad.

El A me miraba sorprendido.

—Hermano…
—¿Qué?
—¿Conocí a medio Conce o qué?

Me reí.

—No exagerís.
—No podí caminar tranquilo.

Seguimos avanzando.

En eso escuché otra voz.

—¡L!

Me di vuelta.

Era M. Un médico que conocía hacía unos años por medio de un amigo en común, de hecho, desde antes de que sacara la carrera, nos encontrabamos muy escasamente en el hospital.

Nos dimos un abrazo.

—Tanto tiempo.
—¿Cómo estai?

Conversamos unos minutos. Me preguntó por el hospital, si aún mantenía contacto con amigos en común y por la vida.

Antes de despedirse me sonrió.

—Sería rico poder salir todos juntos denuevo.

Sentí que me puse rojo.

—Habrá que organizarse.

Se rió y nos despedimos con otro abrazo.

Cuando me di vuelta, el A estaba apoyado en la barra.

No sonreía.

—¿Quién era?
—Un médico.
—¿Eso caché… pero quién era?
—Compartimos unos amigos.
—¿Y?
—Y nada.
—Nada… —Asentí. —Una vez nos dimos un beso en un carrete. Nunca pasó nada más.

No respondió. Simplemente tomó un sorbo de su vaso. Seguimos bailando, pero ya no era lo mismo.

Más tarde fui al baño. Cuando volví vi algo que me dejó pensando. Tres personas estaban saludando al A, uno de ellos incluso lo abrazó con mucha confianza. No alcancé a escuchar toda la conversación, solo una frase.

—Pensé que nunca más ibai a aparecer.

El hombre se fue y me acerqué.

—¿Quién era?
—Nadie.
—¿Cómo que nadie?
—Un loco.

No insistí pero la palabra “nadie” quedó dando vueltas en mi cabeza toda la noche.

Pasaron unos días. Una tarde, mientras estaba esperando al A post hospital, M me escribió por WhatsApp.

“Qué gusto haberte visto el sábado.”

Le respondí.

Terminamos conversando un rato. Le conté, sin entrar en demasiados detalles, que había conocido a alguien que me tenía completamente confundido.

M respondió:

“Ten cuidado, Lalo. A veces uno se enamora más de la intensidad que de la persona.”

Le di un “me gusta” al mensaje. Justo en ese momento sentí que alguien se sentaba al lado mío.

Era el A.

Había llegado antes de la hora en que habíamos quedado de juntarnos. Miró la pantalla del teléfono sin decir una palabra y alcanzó a leer el nombre del contacto pero no dijo nada sino que guardó silencio durante varios minutos. Cuando salimos del hospital recién habló.

—Así que hablai con médicos ahora.

Lo miré extrañado.

—¿Qué tiene?
—Nada.
—No, algo tiene.
—¿Le contaste de mí?
Respiré hondo. —Sí.
—¿Y por qué?
—Porque necesitaba conversar con alguien.

Su cara cambió por completo. No era solamente rabia. Era una mezcla rara entre inseguridad y orgullo herido. Se pasó la mano por la nuca y empezó a caminar más rápido. Yo lo seguí.

—¿Y qué le dijiste?
—La verdad.
—¿Cuál verdad?
—Que me tení confundido.

Se quedó callado unos segundos.

—¿Y qué te dijo él?

Saqué el teléfono y le mostré el mensaje.
“A veces uno se enamora más de la intensidad que de la persona.”

Lo leyó completo y no dijo absolutamente nada.

Seguimos caminando hasta llegar a una plaza que quedaba cerca del hospital. Nos sentamos en una banca. Era una tarde fría, de esas en que el cielo de Concepción parece gris desde las nueve de la mañana.

Después de un rato habló.

—Ese médico gusta de vo’.
Me reí.—No.
—No soy hueón.
—No digo que seai hueón, pero no es así.
—¿Y ese beso?
Suspiré. —Fue hace años. Ni siquiera pasó a mayores.
—Pero pasó.
—Sí… pasó.

El A miró hacia el suelo.
—A mí no me gusta imaginarte con otro.

Lo miré sorprendido, era primera vez que me decía algo así sin esconderlo detrás de una talla.

—¿Y por qué?

Se demoró en responder.

—Porque me da rabia.
—¿Rabia de qué?
—No sé.
—Sí sabí.

Apretó los labios.

—Porque siento que cualquiera puede llegar y ocupar el lugar que yo dejé botado.

Esa frase me pegó fuerte. No respondí altiro, me quedé mirando cómo unas hojas secas cruzaban la plaza empujadas por el viento.

—¿Sabí cuál es el problema?
—¿Cuál?
—Que el lugar lo dejaste vacío vo’.

Nos quedamos en silencio.

—No fui capaz de quedarme —dijo casi susurrando.
—Lo sé.
—Pero tampoco era capaz de irme del todo.
Asentí.—También lo sé.

Era la definición más exacta de lo que había sido nuestra historia. Nos buscábamos, nos encontrábamos, y después uno de los dos desaparecía, generalmente él.

Los días siguientes hablamos más seguido, no todos los días, pero sí bastante más que antes. Había momentos en que parecía el mismo cabro espontáneo que conocí en Grindr. Me mandaba memes, videos absurdos, fotos de cualquier cosa que encontraba en la calle. Después desaparecía doce horas, volvía como si nada. Yo ya estaba aprendiendo a no desesperarme.

Hasta que un viernes me escribió.

—¿Qué hací mañana?
—Nada, ¿por?
—Ven pa la casa.

Le pregunté dónde estaba viviendo. Me mandó la ubicación. Era donde la abuela.

Fui.

Pasamos toda la tarde conversando con ella. Me cayó increíble. Me ofreció té, pan amasado y no dejó de hablar ni un segundo.

Cuando salimos al patio, el A me miró riéndose.

—Le caíste bien.
—¿Cómo sabí?
—Porque no te retó.
—¿Retarte?
—A todos los que llevo los reta.

Nos reímos.
Esa tarde fue distinta.
No hubo peleas.
No hubo celos.
Ni desapariciones.
Solo caminamos varias cuadras conversando.
Pensé que, quizás, por fin estábamos aprendiendo a conocernos sin tanto caos.
Pero duró poco.

Una semana después recibí un mensaje del médico.

—“Lalo, hace tiempo que no conversamos. ¿Te tinca un café cuando salgas de la pega?”

Lo pensé un rato. Finalmente respondí.

—“Puede ser la próxima semana.”

No alcancé a guardar el teléfono cuando apareció un mensaje del A.

—¿Con quién hablai tanto?

Me reí. —Con el médico.

Demoró varios minutos en responder.

Después llegó solamente una frase. —Ah.

Ese “ah” me preocupó más que cualquier insulto.

Intenté llamarlo.
No contestó.
Le escribí de nuevo.
Nada.

Al día siguiente seguía sin responder. Y esa sensación de que algo iba a salir mal volvió a instalarse en mi pecho, igual que tantas otras veces. Sentía que la historia estaba repitiéndose, pero esta vez había algo distinto: por primera vez, en lugar de salir corriendo detrás de él, decidí esperar. Si quería hablar conmigo, tendría que buscarme él. Yo ya estaba cansado de perseguir respuestas.

Pasó una semana, una semana exacta sin saber absolutamente nada de él.

Y por primera vez hice algo que antes no habría sido capaz.

No lo llamé, no le escribí, no le pregunté cómo estaba, no inventé una excusa para hablarle. Simplemente seguí con mi vida.

Mentira… lo intenté.

Porque mientras entrevistaba pacientes, escribía informes o tomaba café con la N y la V, de repente me venía un pensamiento.

”¿Habrá comido?”, ”¿Seguirá donde la abuela?”, ”¿Y si le pasó algo?”

Sacudía la cabeza y volvía a concentrarme. Era agotador.

Dos días después me llegó un WhatsApp del M.

“Hola, ¿se puede conversar?”

Terminamos conversando horas, Sin darme cuenta, le conté lo complicado que era conocer al A. Le hablé de sus cambios de ánimo, de sus desapariciones, de que me tenía completamente confundido. No imaginé que esa conversación terminaría donde terminó.

Porque el médico me preguntó: “¿Él sabe que tú y yo estuvimos juntos?”

Le respondí con honestidad. “No.”

Al minuto recibo una llamaba de un número desconocido.

—¿Así que le andai contando nuestras cosas a otro culiao?
—¿Qué?
—No me hagai el hueón.

Nunca lo había escuchado tan enojado.
Me cortó.
Después llegaron más de veinte mensajes seguidos.

Celos, rabia, contradicicciones.

“¿Te lo estai comiendo de nuevo?”, “Siempre fui el reemplazo.”, “Sabía que nunca ibai a elegirme.”

Intenté llamarlo pero no contestó.

Un viernes me escribió.

—¿Podí venir?
—¿Dónde estai?

Me mandó la ubicación.

No era donde la abuela, era una población que yo no conocía. Llegué casi una hora después. Lo encontré sentado afuera de un almacén, fumándose un cigarro.

Tenía ojeras, la ropa sucia y esa expresión que ya empezaba a reconocerle, la de cuando algo andaba mal.

Me senté a su lado.
—¿Qué pasó?

No respondió altiro. seguía mirando la calle.

—Le debo plata a unos hueones.
Sentí un vacío en el estómago.—¿Qué hueones?
—No preguntís.
—A…
—No preguntís, L.
Esperé unos segundos.—¿Volviste a consumir?

No me respondió, no hacía falta. La respuesta estaba en su silencio. Cerré los ojos un momento. Todo el esfuerzo de las últimas semanas empezó a desarmarse dentro de mí.

—¿Hace cuánto?
—Un par de días.

No levantaba la vista, parecía un niño esperando un reto.
Pero yo no quería retarlo. Quería entender.

—¿Por qué?—Se rió sin ganas.
—¿De verdad me preguntai eso?

Lo miré.

—No sé hacer otra cosa cuando me siento como la mierda.

Esa frase me atravesó porque era cierta. Consumía cuando estaba triste, cuando estaba enojado, cuando tenía miedo, cuando se sentía solo, cuando sentía demasiado y cuando no sentía nada. Las drogas no eran el problema completo, era la forma que había aprendido para sobrevivir.

Nos quedamos varios minutos sin hablar.

Hasta que dijo:—No quiero que me mirís así.
—¿Así cómo?—Como si dierai pena.
Negué con la cabeza.—No me dai pena.
—Entonces, ¿qué?
Respiré hondo.
—Me preocupai.

Por primera vez desde que lo conocía, vi cómo se le llenaban los ojos de lágrimas. Pero hizo exactamente lo que siempre hacía: se las tragó.

—No sé por qué seguí hablándote.
Fruncí el ceño.—¿Qué querí decir?
—Que debiste haber arrancado hace rato.

No respondí. Porque una parte de mí sabía que tenía razón. Y eso era justamente lo que más me dolíá

Se quedó mirándome con esa expresión que ya conocía. No era enojo solamente. Era esa mezcla entre rabia, miedo y desesperación que aparecía cada vez que sentía que algo se le escapaba de las manos.

—¿Entonces eso querí?
—¿Qué cosa?
—Irte.
Suspiré.—No quiero irme. Quiero dejar de vivir así.
Frunció el ceño. —¿Así cómo?
—Esperando que desaparezcai. Esperando que contestís. Preguntándome si estái bien, si consumiste, si te pasó algo, si te metiste en un problema.
No dijo nada.
—No puedo seguir haciéndome responsable de cosas que no dependen de mí.
Empezó a caminar de un lado para otro.—Siempre terminai hablando como psicólogo.
—No. Estoy hablando como yo.
—Es la misma hueá.
Negué con la cabeza.—No, A. Hace rato que dejó de ser la misma hueá.
Se rió, pero fue una risa amarga.—¿Y ahora qué? ¿Me vai a decir que necesitai espacio?
—No. Necesito paz.

Esa palabra pareció dolerle más que cualquier otra.

Se quedó inmóvil.—¿Paz conmigo no existe?

Lo miré varios segundos antes de responder.—Hoy… no.

El silencio fue enorme. Podía escuchar los autos pasando al otro lado de la calle. Él respiró hondo.

—¿Así termina todo?
—No sé si termina.
—No respondai como psicólogo, po.
Tragué saliva.—Sí. Creo que sí.

Bajó la mirada.
Por un momento pensé que iba a gritarme, que iba a decirme algo hiriente o simplemente irse.Pero hizo algo peor. Sonrió. Una sonrisa completamente rota.

—Tenía razón el médico.
Fruncí el ceño.—¿Cuál?
—Que vo te ibai a aburrir de la intensidad.
Negué inmediatamente.—No me aburrí de la intensidad. Me aburrí de sentir que cualquier día podía sonar el teléfono y decirme que estabai preso, que te habían pegado, que debíai plata, que recaíste, que desapareciste otra vez.

Sentía que vivía esperando una tragedia y eso no era amor, era angustia.

Él levantó la vista, tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Estoy intentando cambiar.
—Lo sé.
—De verdad lo estoy intentando.
—También lo sé.
—Entonces, ¿por qué no esperai?

Esa pregunta me atravesó completo.Porque una parte de mí quería esperar. Quería creer que algún día todo iba a ser distinto. Que terminaría de sanar. Que estudiaría. Que pagaría sus deudas. Que dejaría definitivamente las drogas. Que aprendería a quedarse. Pero también sabía que estaba enamorado de una posibilidad. No de una realidad.

Respiré profundo. —Porque no puedo construir mi vida esperando que algún día seai una persona distinta. Las lágrimas empezaron a caerle sin que hiciera ningún intento por esconderlas.

Nunca lo había visto llorar así.

—¿Entonces nunca me quisiste?

Sentí un nudo enorme en la garganta.—No digai esa hueá.
—Respóndeme.
—Te quise muchísimo.
—¿Y todavía?

Lo miré. Esa era la peor parte.—Sí.

Sonrió otra vez. —Entonces esta hueá duele más.

Asentí.—A mí también.

Nos quedamos varios minutos sin hablar.

Después fue él quien rompió el silencio.—¿Sabís qué es lo peor?

Negué.

—Que por primera vez quería hacer las cosas bien.

Sentí que el pecho se me apretaba. Porque le creía.
Pero querer no siempre alcanzaba. Él dio un paso hacia atrás.

—No te voy a buscar más.

No respondí.

—No porque no quiera, porque si te sigo buscando, voy a terminar haciéndote el mismo daño una y otra vez. Y vo no te merecís esa vida.

Se dio vuelta y empezó a caminar. No corrí detrás de él,
no lo llamé, no le pedí que volviera. Solo me quedé ahí, mirando cómo se alejaba entre la gente. Pensé que iba a darse vuelta una última vez pero no lo hizo. Desapareció doblando en la esquinas.

Pasaron los meses.El médico insistía en que nos viéramos.Yo siempre encontraba una excusa.
Hasta que un domingo, sin avisar, llegó a mi departamento.

Abrió mi mamá.
—¿Sí?
—Busco al L.

Mi papá apareció detrás, el ambiente se puso incómodo.

Nadie entendía quién era, yo bajé rápido.
—¿Qué haces acá?
—Necesitaba hablar contigo.
—No era la forma.

Mi papá ya estaba molesto.—Joven, si mi hijo dijo que no, respete.

El médico insistía. El conserje subió alertado por los vecinos. Finalmente lo acompañó hasta la salida.

Antes de irse, me miró fijo.
—Algún día vas a entender por qué insistía tanto.

Nunca más volvió.

Tampoco nunca supe que tenía que decirme el M, ¿tenía algo que ver con el A?

A veces pienso en los dos. En el médico que llegó demasiado tarde. Y en el A…que llegó demasiado temprano.

A veces querer a alguien también significa dejarlo ir.
No porque ya no exista amor. Sino porque el amor, por sí solo, no alcanza para salvar a dos personas que están viviendo momentos completamente distintos de sus vidas. Yo necesitaba estabilidad, el A necesitaba reconstruirse. Y ninguna de esas dos cosas podía encontrarse en el otro.

A inicios del 2026 supe, por cosas de la vida, sin tener contacto alguno, que A había entrado a un programa para dejar el consumo. También me contaron que estaba intentando terminar cuarto medio y que había dejado de juntarse con la gente que lo metía en problemas.

Nunca confirmé si era verdad. Nunca le escribí para preguntarle. Preferí quedarme con la esperanza de que, por fin, estaba haciendo ese camino por él y no por mí.

A veces, cuando paso por algunos lugares donde estuvimos juntos, inevitablemente me acuerdo de él.Ya no con angustia, más bien con una tristeza tranquila.

Fue una historia intensa, desordenada, caótica y profundamente humana. Una historia que me enseñó que no siempre perdemos a alguien porque nos deja de querer. A veces lo perdemos porque todavía no sabe cómo dejar de destruirse. Y por mucho que uno ame, hay batallas que solo la otra persona puede decidir pelear.

*Don Julio no pasaba al A, de hecho lo frenó cuando iba saliendo porque el A no le había pasado la llave, por eso prefería anticipar a don Julio ksjsjjs.

*

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10 Comentarios

  • Fabián julio 17, 2026 a las 1:58 am

    Si algún día sabes de A, porfa cuéntalo. Ojalá sea algo bueno.

  • Anónimo julio 17, 2026 a las 11:58 am

    Necesito que continue la historia sjsjsjdjd
    Esta muy wena!!!

    • Anónimo julio 17, 2026 a las 3:19 pm

      terminó

  • ? julio 17, 2026 a las 3:39 pm

    Toda esta historia es como Shades Of Cool de Lana Del Rey, lit querer a alguien pero no entenderlo

  • Anónimo julio 18, 2026 a las 10:50 am

    Broma que así termina??? Me niego a aceptarlo 😔, quiero saber que onda el médico 😱🤭.

  • Anónimo julio 19, 2026 a las 5:31 am

    cuatico q buena historia weon, lloreeee, weon lloreeee cuaticooo me encanto;( y k penita;((

    • Anónimo julio 23, 2026 a las 4:18 am

      Que real tan real como tu diria la perla ilich… me identifique caleta con tu historia a mi me paso tambien y que bella reflexion a veces es mejor dar batallas solos y sanar por uno mismo y el futuro no se quien lo sabe pero soy fiel a que venimos a dejar una huella en esta vida.. te mando cariños escritor…

  • Anónimo julio 19, 2026 a las 8:11 am

    Muy buena tu historia… Pero a veces es mejor dejar ir .. tal como dices… uno no puede hacerce responsable de cosas que no dependen de uno … Siempre estuviste enamorado de una posibilidad… Y no de una realidad… Espero estés saliendo adelante y me alegro que A haya podido entrar a un programa donde puedan ayudarlo… Cómo psicólogo uno no puede ayudar a alguien que es parte de su corazón… Ánimo… Y mucha suerte

  • Anónimo julio 20, 2026 a las 9:41 am

    Que intenso todo. Es lo mejor en todo caso… me recordó un poco a los relatos del Borja con el Franco (que antiguo jajaja). Saludos colega y coterráneo :).

  • Mapachito julio 20, 2026 a las 11:15 pm

    Se me revolvía la guata con los títulos… tenía miedo que el A terminara muerto o algo…
    No sé si esto fue un final feliz o un final triste, pero como dice la Marge, es un final y ya. En verdad espero que A logre enderezar su vida y que L logre formar vínculos más sanos

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