Mi Colega y Yo (Parte IX) (SAUNA PART)

Jorge tardó en reconocerlo, pero nuestras vidas se hicieron más fáciles. Con Beatriz como Directora Regional, su tiempo escaseaba, tenía que estar ubicable y conectada 24/7. No tenía tiempo para su hijo Simón y mucho menos para ponerse en mi camino o reavivar antiguos rencores con su ex. Nuestra vida de pareja, aun en las sombras, mejoró. Podíamos ir a la oficina los sábados sin temor a ser sorprendidos follando en la oficina, pasábamos los fines de semanas en que no le tocaba cuidar a su hijo en pelotas en su departamento o en mi casa. Seguíamos yendo al Smart, yo cada vez que no tenía nada que hacer, él cuando podía. Todo era tranquilidad hasta que alguien chocó el auto de Jorge en el estacionamiento y dejó una marca azul en la pintura. Él, comprensivo de la gente, conciliador, no hizo escándalo. Publicó un escueto mensaje en el grupo de whatsapp regional, creado con AI, que todos pensaron lo había escrito yo. Cuando yo pregunté a soporte informático si había cámaras en el sector donde había ocurrido el incidente se armó un cahuín impensado: Jurídica estaba pidiendo las cámaras, algo que nunca hice. Beatriz vino a mí, molesta:
– Tu labor es proteger a este Servicio, no a mi ex.
– Hice una pregunta – expliqué – Nunca pedí las cámaras. Sólo estaba preocupado por Jorge.
– Sería mejor que te preocuparas por ti y por tu trabajo.
– OK. Lo tendré en cuenta.
– Ahora… ¿Le puedes decir a ese idiota que no podré acompañar al Simón en su partido de futbol? Él tendrá que ir a buscarlo. Ya ni siquiera contesta mis mensajes.
Asentí con la cabeza y volví a mi pega. Yo no quería esto pero, muy en el fondo, sabía que era lo correcto. Le transmití el mensaje y Jorge dio un paso que yo no quería: la misma Bea me tapó de reuniones con la seremi… tendrás que ir tú. Y fue así como empecé a ejercer mi labor de padrastro.
Con Bea en el poder, Jorge no tenía descanso. Reuniones con el Gobierno Regional, capacitaciones que lo hacían volar a Santiago dos veces al mes. A veces yo lo acompañaba, otras veces me quedaba acá preguntándome si ponerla a ella en ese cargo había sido la decisión correcta. Nuestra vida sexual mejoró: no podíamos vernos siempre y eso incrementaba las ganas de tener momentos sólo para nosotros. Coke jugaba con todo lo que tenía disponible: ropa interior rica, juguetes, la cajita, todo. Y un día, de la nada, mientras tomábamos café en nuestro desayuno de una hora de los martes, soltó:
– Me gustaría ver a más gente… hombres, gays. Tú me entiendes…
– Comprendo el español – bromeé, ocultando mi frustración – Pero no entiendo tu idea. Fui super claro: no me gustan los tríos, sólo quiero estar contigo.
– Disculpa, no es lo que quise decir.
Se explicó mejor: no, no quería follar con otros, sólo quería conocer algo más, ver un poco de lo que no iba a tomar. Me hice el desentendido y asentí con la cabeza, bebiendo un sorbo de café. Sonreí, porque era feliz, pero mi mente morbosa empezó a maquinar una idea que necesito contarles.
Un fin de semana de Mayo, nos juntamos en su departamento. Vimos un documental de crímenes en Netflix y nos acurrucamos en la cama sin poder dormir. Ese era el momento preciso para poner en marcha mi plan: complacer a mi pololo sin ceder un solo paso en el control. Como les conté en el capítulo VIII, Coke adquirió en Perú dos jaulitas de castidad idénticas que usábamos cada cierto tiempo entre nosotros para calentarnos. Yo decidí que era el momento de usarlas. A la vez. Le coloqué una a él y ajusté la llave a la cadena en mi cuello. Hice lo mismo conmigo y también puse la llave bajo su cadenita de Estrella de David. Jorge se sentó en la cama así, seguro que yo tenía en mente alguna cosa y no se equivocaba. Le pasé una tanga negra y yo me puse una idéntica.
– Vístete – le dije – Y quiero tus llaves. Yo manejo hoy.
Me obedeció. Manejé por Concepción y estacioné a eso de la medianoche en calle Salas, dónde antes había un templo evangélico y ahora se erguían varios restaurantes y un sitio de yoga. Subimos caminado a Barros Arana. Él se guardaba las manos en los bolsillos y me miraba como un perrito asustado:
– Si nos tratan de matar, sé que sobrevivirás – me dijo – Cuida a Simón por mí. Lo harás mejor que yo.
Yo puse los ojos en blanco y seguí caminado hasta llegar a un edificio casi en la esquina de Angol. Jorge se sorprendió al ver una puerta moderna de metal con los números de la dirección iluminados. Iba a preguntarme algo, pero yo negué con la cabeza. Como te dije, yo manejo hoy. Presioné el botón del timbre y subimos las escaleras. En el tercer piso nos recibieron dos chicos jóvenes casi desnudos. Yo pagué en efectivo dos entradas y dos tragos adicionales y pudimos entrar.
– ¿Me trajiste a un antro? – me preguntó Jorge cuando nos sacábamos la ropa para quedar solo en la tanga negra, cubiertos por una diminuta toalla blanca.
– No- le expliqué- Es una sauna gay, clandestino, obvi. Dijiste que querías ver y respetar mis límites. Es eso lo que vamos a hacer.
Por nuestro lado pasó un chico de unos veinticinco años con una tanga metida en su culito blanco, con dos vasos en las manos. Nos entregó nuestros tragos:
– Habitualmente no servimos gin – nos dijo – Pero me pidieron tuviera estos tragos para ustedes.
Jorge recibió un vaso y me miró sorprendido:
– Esto… ¿Esto fuiste tú?
– No, fue el viejito pascuero – me reí – Obviamente fui yo. Ahora, vamos a pasarla bien.
Hicimos un salud, bebimos un sorbo y caminamos de la mano hasta una habitación donde en una pantalla gigante se mostraba una porno que yo identificaba de un estudio conocido por mostrar modelos con una gran diferencia de edad entre ellos. Me dejé caer en el sillón de cuero y Jorge se acurrucó a mi lado. Me besó en la mejilla y murmuró que me amaba. Yo le dije que también lo amaba. Dejó el vaso en la mesita cercana y se subió sobre mí, besándome en los labios. Acaricié su culo bajo la toalla, metiendo mis manos hasta acariciar su ano por encima de la tirita de la tanga.
– No tienes que hacer estas cosas, de verdad… no tienes que hacer cosas que no quieres hacer.
– No voy a hacer nada que no quiera hacer – respondí – Y tú tampoco harás nada que sepas que yo no quiero que hagas.
Estaba sobre mí cuando una pareja entró tomada de la mano. Era un señor sin pelo en la cabeza y mucho en la espalda, con un chico de no más de veinte años. Los dos desnudos se colocaron en un sillón frente a nosotros. El hombre mayor se restregó los ojos y el más joven bajó hasta su entrepierna. Tomó su pene y empezó a chupárselo, pasando su lengua desde la cabeza hasta la base de los testículos. Jorge estaba sorprendido, volteó y se sentó a mi lado, sus dedos acariciaban mi pierna. El tipo maduro levantó las piernas y el chico empezó a chuparle el culo. Los gemidos de la película tenían ahora una clara competencia. El jovencito seguía mamando, levantando su propio culo hacia nosotros. Se ahogaba con la verga que chupaba y aun así seguía. De la nada apareció otro hombre, cuarenta años, cabello claro peinado hacia atrás, desnudo, pija de unos calculo 17 – 18 cms, se colocó detrás del más joven y lo penetró de una sola vez. Lo escuchamos gemir… pero no dejó de mamar al hombre con el que había entrado. Otro hombre de pelo negro entró a la habitación y se sentó a mi lado. Su pierna tocó la mía. Se acercó a mí y me dijo:
– Te ves rico en colales, mijito rico… ¿Por qué no te sacas la toalla?
– Lo voy a hacer – respondí- Estoy con mi novio.
– Perdón.
– No te preocupes.
Y lo hice. Me quité la toalla quedando solo en la tanga negra con la que nos habíamos vestido hace una media hora. Me acerqué a Jorge y le di un beso en los labios. Él cerraba los ojos y los abría, trataba de mirarme a mí y de ignorar al chico que seguía gimiendo con una verga en la boca. Su mano pasó por mi culo, acariciando mi rajita, su dedo trató de abrirse paso hasta mi agujero. Yo aproveché para quitarle la toalla.
– De verdad son novios… murmuró el tipo, al vernos vestidos iguales – Espero que les dure.
– Estamos empezando – dijo Jorge – Pero yo sé que va a durar.
Nunca me he sentido muy exhibicionista, todo lo contrario. Me daba vergüenza mi watita, mi falta de poto y ahora un poco mis incipientes entradas. ¿Pero sabes qué…?: hay algo especial en que alguien te vea guapo, que una persona que quieres te considere atractivo. La falta de cabello deja de importar, el rollito vale cero y el vello desordenado del pecho es irrelevante. Ahora yo me subí sobre Jorge, besándolo en los labios, manoseando su pecho, tocando su Estrella de David. Nuestros bultos mojados chocaban encerrados con las tangas y las jaulitas entre medio, lo que a la larga fue buena idea o habríamos acabado hace varios minutos, hace unas cuantas caricias atrás. Las manos de Jorge me acariciaban el culo como tratando que mi hoyo se tragara la tanga, sin éxito. Un nuevo visitante se trató de acercar a mi culo y tocarlo, pero el hombre que nos miraba sentado cerca lo detuvo:
– Déjalos- dijo – Son pololos. Ven aca conmigo…
Es extraño como puedes sentirte protegido en una situación como esta. El hombre lo agarró de un brazo y lo sentó en sus piernas para masturbarlo. Mientras el le agarraba el pene erecto con la mano, hurgando entre sus nalgas con el propio, Jorge me miraba con la cara ardiendo, sin poder dejar de besarme. Yo sabía que de pronto se le iba la vista al lado o a la escena tras de mí, pero era precisamente lo que yo quería. Esta visita tenía tres objetivos, soy un escorpión retorcido, ya les dije. Primero, satisfacer su sana curiosidad. Segundo, evaluar su reacción y compromiso. Tres, no menos importante, conocer su actuar de ahora en adelante. Si esto fuera una prueba de mi parte (lo era), la aprobaría con todas las de la ley, nunca mejor dicho. En un momento los gemidos se hicieron más fuertes, los quejidos persistentes, las caricias cada vez más cercanas. Mi pololo, aunque no me sentía cómodo diciéndole así, me apartó, dejándome sentado en el sillón. Yo, en mi naturaleza trágica, pensé lo peor. Ya lo veía chupándole el culo a algún desconocido o mamando algún pico sin importar el hombre circundante. Pero no, Jorge no necesitaba decirme que me amaba. Bastó que me tomara la mano y me obligara a ponerme de pie:
– No aguanto más – murmuró, tirándome con algo de fuerza hacia la salida – Vamos…
Me arrastró por el pasillo, me sentí algo observado, pasamos por el lado de un chico de hermosos y artificiales ojos azules y pelo negro. Llegamos hasta la habitación de los lockers y el bar, donde dos jóvenes fumaban desnudos con una lata de cerveza entre las manos. Pensé que el plan de Jorge era vestirse y salir lo más rápido posible de ahí, pero en vez de eso se quitó la cadena con mi llave y metió sus manos en mi tanga, quitándome la jaula que me aprisionaba. Abrió su casillero, lanzó todo adentro, despreocupado, volviendo a tomar mi mano.
– De verdad no puedo más…
Me llevó entre pasillos que no conocía, guiándose por la intuición y la deducción del vapor de agua que salía de una de las habitaciones. Atravesó el umbral sin puerta, moviendo su culito despacio ante mí. Pasamos junto a otra pareja que intercambiaban mamadas uno sentado en el wáter y el otro de pie, solo para cambiar, y Jorge abrió la llave del agua caliente de una ducha. Se bajó la tanga mojada sólo de la parte trasera y se sujetó de la loza de la pared, levantando el trasero. Siento que le daba vergüenza que alguien más viera lo de la cajita. Tomé su mano derecha con la mía, apretándolo contra la pared. Mi mano izquierda sujetaba mi verga, deslizándola por su culito mojado. Se lo metí sin ninguna dificultad. No gimió como otras veces, sólo volteó su carita para que pudiera besarlo. Sujeté su pierna izquierda, levantándola y, recién ahí, pude sentir que estaba completamente adentro. Sus labios me alcanzaron apenas…
– Te amo, Joko…
– Te amo, Coko.
Y mientras mis manos llegaban a su cintura, sujetándolo, yo pensaba que de tres pruebas ya había pasado dos. Sólo faltaba la más difícil, la más constante, la más amenazante. Empujé un poco más, para que sintiera mis bolas chocar contra su culito. Apretó su ano y debo confesar que me hizo acabar casi al momento, pero no nos separamos. Permanecimos así, juntos, pegaditos, por varios minutos. Yo trataba de entrar más sin éxito, él tomaba mis manos y las llevaba a su vientre de pelitos cortos. En un momento Jorge tomó mis manos y apretó con mis dedos sus testículos, mis dedos se llenaron de su semen, casi tan caliente como el agua que caía sobre nosotros. Salimos del baño goteando. Nos secamos lo mejor que pudimos en la habitación de los lockers, Jorge avergonzado, yo muy cansado. Escuchamos alguno que otro comentario caliente, ninguno negativo, y el resto, indiferencia. No sé de donde Coke sacó una bufanda, con la que se cubrió la mitad de la cara. En verdad sentía vergüenza. La posibilidad que volviera sin mí, se reducía. Eso pensé en mi cabecita de manipulador casi profesional. Bajamos las escaleras empinadas abrazados, esquivando a dos chicos que se arrepentían de la noche en el piso dos. Caminamos juntos hasta el auto y lo dejé manejar. Llegamos a su departamento, donde yo fácilmente podría haber dormido el doble de lo que duermo: diez horas.
Cuando desperté, él ya no estaba. Me puse mis bóxers verdes y caminé tránsfugo hasta la puerta de la habitación: necesitaba un café. Miré mi celular para ver la hora y eran recién las diez. Me asomé a la puerta, restregándome los ojos. No había nadie… o al menos eso pensé. Caminé hasta la cocina hasta la cafetera, como tantas veces antes y fui interrumpido:
– Tío Joko – escuché a Simón saliendo tras el sillón con su celular en la mano – ¿Te quedaste a dormir?
Pensé en una mentira que soltar pero la puerta principal se abrió: era Jorge secundado por Beatriz.
– No sé porque insistes en estas “visitas sorpresa”. Mi vida es perfectamente… normal.
Yo levanté las cejas, casi desnudo, con una taza de café entre las manos. Simón corrió por la sala a abrazar a sus padres.
OK, esta vez mi coordinación fue absolutamente imperfecta.
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1 Comentario
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