De Hetero a Putito – Elías & Edgar P5

De Hetero a Putito – Elías & Edgar P5

De Hetero a Putito – Elías & Edgar P5

—Listo, ya podes guardar la lengua. Y con esto ya terminamos por hoy. Quedó todo calité.

Elías seguía en el suelo, nervioso. Durante todo ese último tramo de la sesión no podía sacarse de encima la idea de que algo horrible estaba por suceder, de que Edgar iba a aprovecharse, pero no. Realmente había sido todo, aunque extraño, muy profesional. Tragó con dureza. Sintió las gotas bajando por su garganta.
Se vistió con sus prendas normales, manteniendo la tanga en su lugar, apretándole el ano, que se sentía de alguna forma al mismo tiempo más apretado y suelto de lo normal. Edgar se sentó, con su pene aún expuesto y duro. No pudo evitar observar como lo acariciaba mientras revisaba las fotos. Un gemido, entre susurro y gruñido, se escapó de su garganta cuando un chorro de preseminal se escapó de su uretra, recorriendo toda la extensión de su mástil hasta caer manchando el suelo.

—Ahora te mando las fotos. ¿Te vas a tu casa ya, no?
—Sí —tartamudeó, sacando la vista de la entrepierna—. Digo, ¿qué hora es?
—Las… ocho, apenas las ocho y veinte.
—Uh me tengo que ir ya, los colectivos son una mierda por acá y a las nueve ya seguro no pasan.
—Dale, ¿te acompaño a la parada? —le preguntó, mientras se subía unos calzones rojos que a duras penas cubrían su pija. Hasta el contorno de las venas se dibujaba bajo esa tela, y ya había dejado una mancha de humedad donde reposaba su glande.
—No, no hace falta, gracias.

Se retiró del hogar con tranquilidad. No había sucedido nada extraño para él. Sólo otra sesión, tal vez un poco más subida de tono de lo normal, pero confiaba en que pudiera hacer buen dinero. Hasta ahora no le habían fallado. No revisó mucho el celular de camino a casa. Casi siempre se dejaba el celular en silencio, y durante todo el camino se dedicó a escuchar unos podcasts.
Cuando llegó a su casa, ya en la tranquilidad de su cuarto, sintió un olor extraño. Se pasó la mano por la cara, sintiendo aún vagamente la esencia de Edgar impregnada sobre su piel. Se lavó profusamente con jabón, hasta que olía más a químico que a persona. Saliendo del baño, al fin revisó su celular.

No entendía por qué de golpe le habían llegado decenas de mensajes pidiendo “verlo completo”. Todavía no había publicado las fotos, ni las había recibido, y era cierto que había puesto una historia diciendo que iba a tomarse unas fotos especiales para los miembros del canal, pero la gente se veía incluso demasiado excitada, algunos enviando fotos de sus bóxers humedecidos con algún comentario del estilo “solo vi un frame y ya me está por reventar el pico en leche, ¿cuánto por el vídeo?”. Uno de ellos había reenviado una publicación de twitter. De Edgar.

“Hoy pintó collab con @ElyseumFit. Me estaba enseñando como sacar un cuerpazo como el suyo con varios ejercicios sencillos en casa así que yo le enseñé la verga :p”

Acompañaba a la publicación dos fotos. La primera era Elías, posando frente al espejo, flexionando los músculos para mostrar su bien trabajada espalda, con cada músculo apretado bajo el fino crop-top verde flúor, los pezones sobresaliendo, parados y duros, y los muslos bien apretados en un short pegado al cuerpo, lo suficiente como para que se notase que llevaba debajo un suspensorio que le alzaba todavía más su ya pulposo culo.
La segunda foto era en la que estaba de rodillas en tanga mirando el inescapable miembro de Edgar, que se alzaba como un obelisco frente a su rostro, contrastando gravemente con la pequeñez apenas visible sobresaliendo de su tanga femenina blanca. Edgar le había tapado los ojos con una línea negra y la foto estaba en blanco y negro.
Una respuesta adjunta al tweet decía: “Si quieren ver la sesión completa vayan a su perfil, estos ojitos los están esperando”. Con “estos ojitos” se refería a la mirada perdida y vacía que se había producido en los ojos de Elías en esos últimos segundos, cuando ese pene grueso y salado se deslizó por su semblante, dejando unas perlas relucientes y sabrosas en su lengua.
Edgar no le había enseñado los resultados como en la vez anterior, en su lugar, la primera vez que Elías se vio a sí mismo con la cara abusada por ese pijón invaluable y rezumante fue en el perfil pornográfico de su fotógrafo. Tenía ya miles de likes, y no dejaba de crecer la cantidad de retweets y compartidos. En igual incremento iban los seguidores de sus cuentas y los mensajes implorando ver la sesión completa con el toro bravío que era Edgar.

Ante tal flujo de notificaciones, ante tantas oportunidades de dinero, no sabía cómo reaccionar. Sentía que la tanga blanca que aún se le colaba contra el ano estaba apretando más de lo normal, o tal vez era su propio agujerito el que palpitaba de excitación. “Acá están tus fotos, y el vídeo”, recibió la notificación de Edgar. No podía parar de mirar las fotos, con el pecho oprimido y la sangre bombeándole a mil por hora. Las guardó rápidamente, sin contestar. Otra notificación le llegó, esta más inesperada. Era de Ramiro, el amigo que lo había introducido a Edgar.

—¿Te hiciste la putita de Edgar? ¡Jaja! —adjuntó la foto que Edgar había compartido en su twitter.
—No pelotudo, es nada más una collab —se empezó a justificar—. Puro para hacer que los putos me compren.
—Me parece más puto tener semejante chota en la cara amigo.
—Parece pero no es —escribía algo ruborizado, al tiempo que molesto—. Es lo mismo que si me hubiese puesto un consolador en la cara, no lo chupé ni nada. Es puro decorado.
—¿Decís que lo de sostenerle la cabeza con la lengua no es real? xD
—Y sí, ¿vos pensas que me dejaría usar así? Es tipo ilusión óptica, no me la está apoyando en la lengua.
—Si vos decís. ¿Cuánta plata hiciste ya?
—Con esto último, estoy viendo. A lo mejor llego a 200$
—Buah, ¿por todo lo que hiciste hasta ahora?
—No, sólo por esa última sesión.
—Uff por ese precio yo también me dejo “apoyar” jaja

No contestó. Dejó el celular y se metió en la ducha. Estaba pensando en lo que le había respondido a su amigo. “¿Pensas que me dejaría usar así?”.

El agua caliente últimamente se le hacía demasiado estimulante. Se había sentido muy sensible por ambos lados. Cuando se refregaba los pezones con el jabón, y el agua le caía encima. Cuando se limpiaba el pene, le costaba que no se le parase. Siempre que lavaba su culo, un dedo se colaba casualmente. Y ahí se coló nuevamente, como de casualidad. Alcanzando con delicadeza ese botón interno que le hacía chorrear como nunca. Ni siquiera cuando su novia se la chupaba se sentía así de húmeda. Sólo cuando sus dedos, ahora dos, bien enjabonados, se resbalaban hacia su interior, presionando hacia su pene desde adentro.
Se frotaba su cosita, pensando en cómo era posible que no le hubiesen enseñado a masturbarse de verdad. Con los dedos profundamente adentro, colapsando su próstata, y la mano frotando su verguita, sentía que se derretía.

Y entonces llegó a su mente esa visión. Se vio a si mismo, con los ojos casi volteados, recordaba ver hacia arriba al cuerpo delgado pero imponente de Edgar, y como la vista se le era bloqueada por una muralla de carne venosa y olorosa. Cómo movía las caderas para frotarla sobre su rostro, con qué poder se plantaban las piernas duramente mientras su verga iba de adelante para atrás y delante de nuevo, mojando sus mejillas, hasta sus labios.
Se imaginaba que Edgar no chupaba vaginas con frecuencia, o por lo menos no se lo pedirían. Él había aprendido a hacer un arte con la lengua para su novia, era la única forma que sentía de satisfacerla, porque con su pene no se sentía capaz. Era incapaz de penetrarla adecuadamente, «como se lo merecía». No se engañaba a sí mismo, sabía bien que a su novia le encantaba cuando su naricita le rozaba el clítoris antes de que él mismo subiese a darle una ligera y delicada lamida; ella siempre le pedía que la comiera, y aunque lo hacía, hubiera preferido tener un pene grande y poderoso para llenarla.
Cada vez que había visto una porno, siempre admiraba con placer como las mujeres eran rellenadas con fuerza por miembros del grosor de latas y botellas, sobre todo en el porno casero. Ahí no había mentira, era evidente que preferían a los hombres pitudos, le excitaba enormemente ver esas expresiones, esos ojos dilatados y gemidos incontrolables mientras las vergas negras les entraban por cualquier agujero. Con sus bolitas tan pegadas al cuerpo, y su pene, más parecido a un meñique o un lápiz, sólo podía pensar en una cosa cada vez que veía esos vídeos.

“Qué bien se debe sentir coger con una pija grande”.

Pero era un pensamiento que ocultaba algo más profundo, y oscuro para él. Estaba fraseado de tal forma que revelaba un deseo inconsciente. Una idea subliminal casi, que solo se mostró ahora, incapaz de aguantar más tiempo estimulando su botón de putito. Antes de disparar, sólo un pensamiento gobernó su mente, acompañado de la imagen mental del mastodonte de bronce.

“Qué rico se debe sentir que te llene una pija enorme”.

Se agarró el pene con fuerza mientras apretaba más fuerte su interior. Líquidas cuerdas blancas se dispararon por toda la ducha al tiempo que ese pensamiento lo gobernaba. La leche se le escapaba deliciosamente con cada presión, simulando esa verga para la que se había arrodillado.
Pero en cuanto empezó a dejar de gotear, se sacó los dedos, y su mente consciente empezó a reordenar sus ideas. “Sí, las chicas deben sentirse muy bien cuando se les llena la concha con pijas enormes”, y una idea subliminal, “como la de Edgar”.
Pero continuó maquinando para justificar ese pensamiento. Por supuesto que no se refería a sí mismo, sino que ese pensamiento nacía del placer que le producía imaginarse a una mujer bien complacida. Algo que él creía que nunca podría hacer, por cierto. Entonces sí, “que te llenen de verga y leche debe ser muy rico” no era una idea homoerótica, sino una simple afirmación fáctica; es un gran placer para la mujer que las llenen. Sí, a eso se refería.

Cuando salió de la ducha, el celular tenía una notificación de Instagram. De quién, sino Edgar. “¿La semana que viene sale otra sesión?”.

No tuvo que pensarlo demasiado. Las fotos eran buenísimas, el profesionalismo inesperado, y la camaradería irreprochable. En cierto modo se hubiese sentido mal de decirle que no, como una falta de respeto a una invitación del todo amigable y que beneficiaba a ambos. Sobre todo a Elías. El viernes saldría con su novia y le compraría cosas bonitas, la invitaría a comer, y si ella pronunciaba el más mínimo deseo, él se lo concedería. Y eso se lo debía, en parte, a ese amiguismo cómplice con Edgar.

“Estoy libre el sábado”.

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1 Comentario

  • Anónimo octubre 3, 2026 a las 9:32 am

    Buenísimo cuando la otra parte ☺️

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